A. La Inspiración de las Escrituras
Cada palabra de las Escrituras es inspirada por Dios. El Espíritu Santo produjo las Escrituras al inspirar y obrar por medio de profetas, apóstoles y otros hombres escogidos, utilizando sus personalidades, contextos y vocabularios distintivos para cumplir Sus propósitos. El texto resultante es la Palabra de Dios expresada mediante lenguaje humano.
Debido a su origen divino, la Escritura es viva, poderosa y perdurable. Las Escrituras fueron dadas para dar testimonio de Jesucristo, revelar la verdad que conduce a la salvación, proveer instrucción, disciplina y corrección, y capacitar a los creyentes para vivir en justicia.
Éxodo 24:4; 2 Samuel 23:2; Salmos 19:7–9; 119:89–91; Isaías 40:8; 55:10–11; Jeremías 1:9; 23:28–29; Daniel 9:2; Mateo 22:31–32; Lucas 24:27, 44; Juan 5:39; 10:35; 17:17; Hechos 1:16; 28:25; Romanos 15:4; 1 Corintios 2:12–13; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Timoteo 3:15–17; Hebreos 1:1–2; 4:12; Santiago 1:18; 1 Pedro 1:23–25; 2 Pedro 1:20–21.
B. La Inerrancia de las Escrituras
La inerrancia de las Escrituras se sigue necesariamente de su inspiración divina. Puesto que Dios es el Autor de la Escritura, atribuir error a las Escrituras implicaría error en Dios mismo.
Los manuscritos originales, tal como fueron registrados por autores humanos bajo la guía del Espíritu Santo, son enteramente verdaderos y dignos de confianza, libres de todo error. Por tanto, la inerrancia abarca toda afirmación que la Escritura hace, impartiendo verdad absoluta en todas sus declaraciones teológicas, morales, históricas y empíricas. Cuando se interpretan en su debido contexto, las Escrituras son coherentes, consistentes y correctas. Los aparentes errores o contradicciones se deben a limitaciones humanas en la transcripción, traducción o interpretación.
Números 23:19; Deuteronomio 32:4; 2 Samuel 7:28; Salmos 12:6; 18:30; 19:7–9; 119:89, 140, 160; Proverbios 30:5; Isaías 40:8; 55:10–11; Mateo 5:18; Juan 10:35; 17:17; Romanos 3:4; 2 Timoteo 3:16; Tito 1:2; Hebreos 6:18; 2 Pedro 1:20–21; Apocalipsis 21:5.
C. La Autoridad de las Escrituras
Como la Palabra de Dios inspirada e inerrante, la Escritura posee autoridad absoluta y final en todo asunto de fe y práctica. Ninguna tradición humana, filosofía o decreto puede igualar o superar su autoridad. Como la revelación escrita de Dios acerca de Sí mismo y de Su voluntad, las Escrituras fueron dadas para ser comprendidas y obedecidas.
La obediencia a la Escritura constituye obediencia a Dios. En consecuencia, toda afirmación de verdad, juicio moral, opinión personal y experiencia espiritual debe ser evaluada a la luz de la Escritura. La autoridad de la Escritura es independiente de la aprobación humana y permanece tan inmutable como el Dios del cual procede.
Deuteronomio 4:2; 8:3; 12:32; Josué 1:7–8; 1 Samuel 15:22; Salmos 19:7–8; 119:9, 89, 105, 128, 160; Proverbios 30:5–6; Isaías 8:20; 40:8; Jeremías 23:28–29; Mateo 4:4; 5:18–19; 7:24–25; 15:3; Marcos 7:8; Lucas 16:17; Juan 8:31–32; 12:48–49; 17:17; Hechos 17:11; Romanos 3:4; 1 Corintios 4:6; 2 Corintios 10:5; Colosenses 2:8; 2 Timoteo 3:16–17; Hebreos 4:12; Santiago 1:22; 2 Pedro 1:19; 3:16; Apocalipsis 22:18–19.
D. La Confiabilidad de las Escrituras
Por medio de la providencia divina, Dios ha preservado fielmente Su Palabra de tal manera que las ediciones contemporáneas de la Escritura reflejan sustancialmente tanto las palabras como los significados de los textos originales. Numerosos manuscritos antiguos, traducciones, leccionarios y citas dan testimonio de la preservación confiable de la Escritura a lo largo de la historia.
Aunque ninguna copia o traducción individual está completamente libre de variantes, estas diferencias no alteran ni oscurecen ninguna doctrina o mandamiento esencial. Al comparar los manuscritos disponibles y sus variantes, el texto original puede reconstruirse con confiabilidad, asegurándonos que las Biblias actuales son la Palabra auténtica y preservada de Dios.
Salmos 12:6–7; 119:89, 152, 160; Isaías 40:8; 55:10–11; Mateo 5:18; 24:35; Juan 10:35; 17:17; Romanos 15:4; 1 Pedro 1:23–25; 2 Pedro 3:15–16.
E. La Suficiencia de las Escrituras
Las Escrituras revelan toda la verdad necesaria para la salvación y para la instrucción en una vida piadosa. Al proveer todo el consejo de Dios, no requieren adición, modificación ni eliminación alguna. Las tradiciones humanas, las experiencias místicas y las supuestas nuevas revelaciones deben rechazarse cuando contradicen o exceden la enseñanza de la Escritura. Cualquier fuente de guía espiritual o doctrinal que no esté fundamentada en la enseñanza bíblica carece de autoridad para obligar la conciencia del creyente.
Deuteronomio 4:2; 12:32; Salmos 19:7–8; 119:89, 128, 160; Proverbios 30:5–6; Isaías 8:20; 55:10–11; Mateo 4:4; 7:15–16; 15:3; Juan 17:17; Hechos 17:11; 20:27; Romanos 15:4; 1 Corintios 4:6; Gálatas 1:8–9; Colosenses 2:8; 2 Timoteo 3:15–17; Hebreos 1:1–2; Santiago 1:22; 2 Pedro 1:3–4, 19–21; Judas 3; Apocalipsis 22:18–19.
F. La Iluminación de las Escrituras
El Espíritu Santo, quien inspiró las Escrituras, también las ilumina, capacitando a los creyentes para comprender y aplicar su enseñanza. Esta iluminación no introduce nueva revelación, sino que permite al lector reconocer la verdad que ya ha sido revelada. El Espíritu obra por medio de nuestro estudio diligente para darnos entendimiento, de modo que nuestra dependencia de Él no justifica descuidar una participación fiel y activa en la Escritura.
Independientemente del esfuerzo personal, nadie puede entender, interpretar ni aplicar correctamente la Escritura sin la presencia y la guía del Espíritu Santo. Por lo tanto, los creyentes no deben depender de la enseñanza o interpretación de personas no creyentes, quienes carecen de la morada interior del Espíritu.
Nehemías 8:8; Salmo 119:18, 130; Proverbios 2:6; Isaías 11:2; Daniel 2:21–22; Mateo 11:25; 13:11; Lucas 24:45; Juan 6:45; 14:26; 16:13–14; Hechos 16:14; 26:18; Romanos 8:14; 1 Corintios 2:10–14; 2 Corintios 3:14–16; Efesios 1:17–18; Colosenses 1:9; 2 Timoteo 2:7; Hebreos 5:11–14; Santiago 1:5; 1 Juan 2:20, 27.
G. La Interpretación de las Escrituras
El objetivo del creyente al interpretar la Escritura es discernir el mensaje que el Espíritu comunicó por medio del autor humano a la audiencia original, teniendo en cuenta el contexto histórico, gramatical y literario. Solo después de identificar este mensaje puede hacerse una aplicación apropiada y fiel en el contexto presente.
Aunque algunos pasajes presentan mayor dificultad, el testimonio unificado y coherente de la Escritura requiere que los pasajes difíciles u oscuros se interpreten a la luz de aquellos que son más claros. La sabiduría cristiana registrada en credos, confesiones y otras fuentes históricas y teológicas puede ayudar en la interpretación, pero nunca debe permitirse que sustituya o contradiga la Escritura. Una interpretación cuidadosa y contextual de las Escrituras es esencial para una doctrina correcta y una aplicación fiel en la vida del creyente.
Deuteronomio 29:29; Nehemías 8:8; Salmo 119:130; Proverbios 2:3–5; Isaías 28:9–10; Mateo 22:29; Lucas 24:27, 45; Juan 16:13; Hechos 17:11; Romanos 15:4; 1 Corintios 2:12–13; 2 Timoteo 2:15; 3:16–17; Hebreos 5:12–14; 2 Pedro 1:20–21; 3:16.
H. El Canon de las Escrituras
El canon de las Escrituras es la lista de libros autoritativos reconocidos —no escogidos— como la Palabra de Dios por la iglesia antigua. El canon contiene sesenta y seis libros: treinta y nueve en el Antiguo Testamento y veintisiete en el Nuevo Testamento. El canon ha permanecido completo y cerrado desde la conclusión de la era apostólica. El Espíritu Santo, quien inspiró las Escrituras, también guio a la iglesia en el discernimiento y la recepción de estos libros.
Los textos canónicos son autoautenticantes; demuestran su origen divino mediante autoridad profética y apostólica, coherencia doctrinal y un testimonio unificado acerca de Jesucristo. La inclusión de los libros se basa en su origen divino, no en la autoridad eclesiástica de quienes los reconocieron.
Los libros antiguos excluidos del canon carecen de autoridad profética o apostólica, de coherencia doctrinal, o de ambas. Aunque algunos de estos escritos pueden ofrecer información útil en la medida en que concuerden con la Escritura, deben considerarse obras humanas y no deben recibir autoridad igual a la de la Escritura inspirada.
Éxodo 24:4; Deuteronomio 31:24–26; Josué 24:26; 1 Samuel 10:25; 2 Reyes 22:8, 11; Salmo 19:7–9; Isaías 8:20; Jeremías 30:2; Daniel 9:2; Zacarías 7:12; Mateo 5:17–18; 12:40–41; 19:4–5; 22:43–45; Lucas 4:17–21; 11:50–51; 24:44; Juan 5:46–47; 10:34–35; 14:26; 16:13; Hechos 1:16; 17:2–3; 1 Corintios 14:37; Efesios 2:20; 1 Tesalonicenses 2:13; 1 Timoteo 5:18; 2 Pedro 1:20–21; 3:15–16; Judas 3; Apocalipsis 22:18–19.
I. La Traducción de las Escrituras
Dios inspiró a los autores de la Escritura a escribir en los idiomas comunes de sus audiencias —hebreo, arameo y griego— para que Su revelación de Sí mismo y de Su voluntad fuera accesible. La producción de traducciones fieles en la actualidad continúa extendiendo la accesibilidad de la Escritura, de modo que personas de toda nación, tribu y lengua puedan conocer a Dios y Su voluntad. Aunque ninguna traducción es perfecta, la verdad de Dios trasciende las limitaciones humanas y ha sido preservada a través de idiomas y generaciones. Todo creyente debe tener acceso a la Escritura en un idioma familiar que facilite su comprensión, memorización y proclamación.
Deuteronomio 30:11–14; Salmos 19:3–4; 96:3; 119:130; Isaías 28:11–12; 45:22–23; 55:10–11; Mateo 28:19–20; Marcos 13:10; Lucas 24:47; Hechos 2:6–8, 11; 17:26–27; Romanos 10:14–17; 1 Corintios 14:9, 19; Colosenses 3:16; Apocalipsis 7:9–10.
Existe un solo Dios verdadero y viviente, Yahvé, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, el Todopoderoso Creador del cielo y de la tierra. Todos los demás dioses son producto de la imaginación humana. Dios ha dado a conocer Su existencia a la humanidad por medio de la luz de la creación, la luz de la conciencia y la luz de Cristo. La creación da testimonio de Su poder eterno y de Su naturaleza divina; la conciencia afirma Su ley moral inmutable; y Cristo manifiesta Su naturaleza y Su propósito redentor. Reconocerlo y reverenciarlo como Dios constituye “el principio de la sabiduría”.1Salmo 111:10; Proverbios 9:10, NBLA.
Génesis 1:1; 14:18–22; Éxodo 3:14–15; 20:2–3; Deuteronomio 4:35; 6:4; Josué 24:14–15; 2 Samuel 7:22; 1 Reyes 8:23; Nehemías 9:6; Job 12:7–10; 38:4–7; Salmos 14:1; 19:1–4; 33:6, 9; 86:8–10; 95:3–6; 111:10; Proverbios 1:7; 9:10; Eclesiastés 3:11; Isaías 40:25–26; 42:8; 44:6; 45:5–7, 18; Jeremías 10:10–12; Daniel 2:20–22; Miqueas 6:8; Mateo 22:37–38; Juan 1:18; 14:9; Hechos 14:15–17; 17:23–27; Romanos 1:18–20; 2:14–15; 1 Corintios 8:4–6; Colosenses 1:15–17; Hebreos 1:1–3; 11:6; Apocalipsis 4:11.
B. La Cognoscibilidad de Dios
El Dios infinito sobrepasa la comprensión humana plena; sin embargo, ha escogido graciosamente revelarnos aspectos de Sí mismo que de otro modo no podríamos conocer. Aunque el pecado y las limitaciones del intelecto humano impiden que el hombre comprenda la totalidad de Su grandeza y gloria, Dios provee suficiente luz para que la humanidad pueda conocerlo, adorarlo y obedecerlo.
La revelación general de Dios se da por medio de la creación y la conciencia; por ellas Él da a conocer Su existencia, Su poder y Su santidad, dejando a todos los hombres con “la ley escrita en sus corazones”2Romanos 2:15, NBLA. y declarando que “ellos no tienen excusa”.3Romanos 1:20, NBLA. La revelación especial de Dios se da por medio de Cristo y de las Escrituras; por ella Él revela Su naturaleza, Su voluntad y Su plan redentor para “purificar para Sí un pueblo para posesión Suya”.4Tito 2:14, NBLA.
La autorrevelación de Dios ofrece al hombre la oportunidad de conocerlo de manera personal, relacional, experiencial y redentora. Conocer a Dios de esta manera es el privilegio supremo, y glorificarlo y disfrutarlo como resultado es “el fin principal de la existencia del hombre”.5El Catecismo Menor de Westminster.
Deuteronomio 29:29; Job 11:7–9; 36:26; Salmos 8:3–4; 19:1–2; 97:6; 145:3; Proverbios 1:7; 9:10; Eclesiastés 3:11; Isaías 40:28; 55:8–9; Habacuc 2:14; Mateo 11:27; Juan 1:14, 18; 14:6–9; 17:3; Hechos 14:16–17; 17:26–27; Romanos 1:19–20; 2:14–15; 1 Corintios 2:9–10; Colosenses 1:15–20; Tito 2:15; Hebreos 1:1–3; 11:6; 2 Pedro 1:3–4; Apocalipsis 4:11.
C. La Aseidad de Dios
Dios es un Ser inteligente y personal, perfecto, increado, eterno, autoexistente, autosuficiente e infinito. Él es la Causa no causada del universo, quien creó el espacio, el tiempo, la energía y la materia de la nada por medio de Su Palabra. Dios “tiene vida en Él mismo”6Juan 5:26, NBLA. y es la fuente de toda vida. Todas las cosas “vivimos, nos movemos y existimos”7Hechos 17:28, NBLA. por Él, pero Él no depende de nada externo para Su existencia ni para Su poder. En consecuencia, nada en la creación puede frustrar Sus propósitos ni impedir el cumplimiento de Sus promesas.
Génesis 1:1; 2:7; Éxodo 3:14; Deuteronomio 32:39; 1 Samuel 2:2; 2 Samuel 22:31–32; Job 11:7–9; 33:4; Salmos 36:9; 90:1–2; 102:25–27; 115:3; Proverbios 16:4; Isaías 40:28; 45:12; 46:9–10; Jeremías 32:17; Juan 1:1–3; 5:26; Hechos 17:24–25, 28; Romanos 11:36; Colosenses 1:16–17; Hebreos 1:2–3; 11:3; Apocalipsis 4:11.
D. La Grandeza de Dios
Como Creador, Sustentador y soberano Gobernante del universo, la grandeza de Dios no tiene rival, Su poder es ilimitado y Su gloria no disminuye. Él es inmutable en Sus perfecciones: infinitamente bueno, misericordioso, fiel, santo, justo, amoroso, compasivo, recto, verdadero y sabio.
Dios es omnipotente: no está limitado por nada externo y puede hacer todo lo que es coherente con Su naturaleza, carácter y voluntad. Es omnisciente: posee conocimiento perfecto de todas las cosas pasadas, presentes y futuras, incluidas las decisiones libres de Sus criaturas. Dios es omnipresente: no está restringido por el mundo físico y gobierna todas las cosas mediante Su cuidado providencial.
Debido a Su naturaleza, Dios es digno de amor total, confianza inquebrantable y obediencia gozosa. Solo Él es digno de adoración, y todo otro objeto de adoración es un sustituto vacío.
Éxodo 15:11; Deuteronomio 32:3–4; 1 Crónicas 29:11–12; Nehemías 9:6; Salmos 18:30; 33:4–5; 90:2; 95:3–6; 100:5; 139:1–4, 7–10; 145:3, 8–9, 17; Proverbios 15:3; 21:30; Isaías 6:3; 40:25–26, 28–31; 46:9–10; Jeremías 10:6–7, 10, 12; Daniel 4:34–35; Malaquías 3:6; Mateo 5:48; 22:37; Juan 4:24; 17:3; Hechos 17:24–25; Romanos 11:33–36; 1 Corintios 8:4–6; Efesios 1:11; Filipenses 2:10–11; Colosenses 1:16–17; 1 Timoteo 1:17; Hebreos 1:3; Santiago 1:17; 1 Juan 4:8; Apocalipsis 4:8, 11.
E. La Trinidad de Dios
El único Dios verdadero existe como tres Personas coiguales y coeternas: Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Dios el Padre es el soberano Gobernante del universo, quien cuida de Su creación, interviene en la historia humana conforme a Sus propósitos llenos de gracia y se relaciona como Padre amoroso con todos los que vienen a Él por medio de Jesucristo.
Dios el Hijo, Jesucristo, es el Hijo eterno e increado, engendrado del Padre, quien vino para cumplir las promesas del Padre como el Mesías de Israel y el Salvador de la humanidad.
Dios el Espíritu Santo es un Ser inteligente y personal, que procede del Padre y es enviado por el Hijo, y que está presente y activo dentro y entre el pueblo de Dios en la actualidad.
Cada Persona es plena y verdaderamente Dios, compartiendo la misma esencia divina y permaneciendo, a la vez, distinta en persona. El Padre no es el Hijo, el Hijo no es el Espíritu, y el Espíritu no es el Padre. No obstante, estas tres Personas son un solo Dios, iguales en toda perfección divina y dignas del mismo honor. La relación de tres Personas que comparten una sola esencia divina, aunque misteriosa, no constituye una contradicción lógica.
Génesis 1:26; 3:22; Deuteronomio 6:4; Salmos 2:7; 45:6–7; 110:1; Isaías 6:8; 9:6; 48:16; 63:9–10; Mateo 3:16–17; 28:19; Marcos 1:9–11; Lucas 1:35; Juan 1:1–3, 14; 5:18; 8:58; 10:30; 14:16–17, 26; 15:26; 16:13–15; Hechos 5:3–4; Romanos 8:9–11; 1 Corintios 2:10–11; 8:6; 2 Corintios 13:14; Efesios 1:3–14; 4:4–6; Filipenses 2:5–7; Colosenses 1:15–17, 19; Hebreos 1:1–3, 8–10; 1 Pedro 1:2; 1 Juan 5:7; Judas 20–21; Apocalipsis 1:4–6.
A. La Naturaleza y la Encarnación de Cristo
Jesucristo es “el unigénito Hijo de Dios”,8El Credo Niceno. eterno e increado. Su filiación no implica inferioridad, sino igualdad, demostrando que Él es “de la misma naturaleza del Padre”.9El Credo Niceno. Siendo verdaderamente Dios, posee toda perfección divina del Padre y es digno de la misma adoración y obediencia. Desde la eternidad pasada, existió con el Padre en gloria y participó en la obra de la creación.
Debido a que “no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse”,10Filipenses 2:6, NBLA. Jesús dejó voluntariamente el cielo, se despojó de Su gloria legítima, se humilló y vino a la tierra “por nosotros […] y por nuestra salvación”.11El Credo Niceno. En la Encarnación, Jesús asumió una naturaleza humana sin pecado, llegando a ser verdaderamente hombre sin dejar de ser verdaderamente Dios. Fue concebido milagrosamente “por el Espíritu Santo, y nació de la virgen María”.12El Credo Apostólico.
Esta unión dio como resultado una sola Persona indivisible con dos naturalezas distintas —divina y humana— unidas sin confusión, mezcla ni división. En Él, “el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros”,13Juan 1:14, NBLA. como “la imagen del Dios invisible”.14Colosenses 1:15, NBLA. Él es, por tanto, “la expresión exacta”15Hebreos 1:3, NBLA. de la naturaleza del Padre, en quien “toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente”.16Colosenses 2:9, NBLA.
Salmos 2:7; 110:1; Isaías 7:14; 9:6; Miqueas 5:2; Mateo 1:18–23; 16:16; Lucas 1:30–35; 2:10–11; Juan 1:1–3, 14; 5:18; 8:58; 10:30; 17:5; Hechos 2:22–24; Romanos 8:3; 9:5; 1 Corintios 8:6; 15:47; 2 Corintios 8:9; Gálatas 4:4–5; Filipenses 2:5–8; Colosenses 1:15–17; 2:9; 1 Timoteo 3:16; Hebreos 1:1–3, 8–10; 2:14, 17; 1 Juan 4:2, 14–15; Apocalipsis 1:17–18.
B. La Muerte Sacrificial de Cristo
Jesucristo “vino al mundo para salvar a los pecadores”171 Timoteo 1:15, NBLA. mediante Su muerte sustitutiva en la cruz. Vivió en perfecta obediencia al Padre, nació sin naturaleza pecaminosa y no cometió pecado alguno. Debido a Su perfecta impecabilidad, Jesús fue el único sacrificio suficiente por el pecado del hombre: el Cordero de Dios sin mancha ofrecido en favor de la humanidad.
Él “padeció bajo Poncio Pilato”18El Credo Apostólico. y fue crucificado, entregando voluntariamente Su vida conforme al “plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios”.19Hechos 2:23, NBLA. Jesús derramó Su sangre y murió en la cruz como el único sustituto aceptable por los pecadores, soportando la ira de Dios contra el pecado, satisfaciendo plenamente la justicia divina, pagando la pena del pecado y asegurando nuestro perdón y reconciliación con el Padre.
Este sacrificio representa la máxima manifestación del amor de Dios por los pecadores y constituye el único fundamento suficiente para la salvación. Jesús consumó la obra de la expiación mediante Su muerte en la cruz, sin requerirse sufrimiento adicional alguno para pagar el pecado del hombre.
Isaías 53:4–6, 10–12; Mateo 1:21; 20:28; 26:28; 27:24–26; Marcos 10:45; 15:33–39; Lucas 22:19–20; 23:33–46; Juan 1:29; 10:17–18; 12:27–33; 19:30, 34–37; Hechos 2:23; 4:27–28; 10:39–43; Romanos 3:23–26; 5:6–8, 18–19; 8:3–4; 1 Corintios 5:7; 15:3; 2 Corintios 5:21; Gálatas 1:3–4; 3:13; Efesios 1:7; 2:13–16; Filipenses 2:8; Colosenses 1:19–22; 2:13–14; 1 Tesalonicenses 5:9–10; 1 Timoteo 1:15; 2:5–6; Hebreos 2:9; 4:15; 7:26–27; 9:11–14, 22, 26, 28; 10:10–14; 1 Pedro 1:18–19; 2:22–24; 3:18; 1 Juan 2:1–2; 4:9–10; Apocalipsis 5:9; 13:8.
C. La Resurrección de Cristo
Al tercer día, Jesucristo resucitó de entre los muertos, triunfando sobre el pecado, la muerte y los poderes de las tinieblas. La tumba vacía, el testimonio de testigos presenciales —tanto seguidores como escépticos— y la posterior proclamación del evangelio a un alto costo personal dan testimonio de la realidad de Su resurrección.
Este acontecimiento no fue espiritual, simbólico ni metafórico; fue un suceso histórico real en el cual Dios el Hijo resucitó literal, física y personalmente de entre los muertos. La resurrección de Cristo cumplió las Escrituras, proporcionó evidencia definitiva de Su deidad, validó Su mensaje, confirmó la eficacia expiatoria de Su sacrificio, aseguró la justificación de los creyentes y estableció un fundamento firme para nuestra esperanza futura.
Salmos 16:10; 110:1; Isaías 25:8; 53:10–11; Oseas 6:2; Mateo 12:40; 16:21; 28:5–7; Marcos 8:31; 9:31; 16:6–7; Lucas 9:22; 24:36–39, 44–46; Juan 2:19–21; 10:17–18; 11:25–26; 20:27–29; Hechos 2:23–24, 31–32; 3:15; 4:10–12; 10:40–41; 13:30–37; 17:30–31; Romanos 1:3–4; 4:24–25; 6:9–10; 8:11; 1 Corintios 15:3–8, 14–17, 20–22; 2 Corintios 4:14; Filipenses 2:8–11; Colosenses 2:12–15; 1 Tesalonicenses 1:9–10; 2 Timoteo 2:8; Hebreos 2:14–15; 1 Pedro 1:3; 3:21–22; Apocalipsis 1:17–18.
D. La Ascensión y el Retorno de Cristo
Cuarenta días después de Su resurrección, Jesús ascendió corporalmente al cielo, donde ocupa un lugar de honor, “sentado a la diestra de Dios Padre”.20El Credo Apostólico. En esta función, Él intercede por nosotros como el gran Sumo Sacerdote y el “solo Mediador entre Dios y los hombres”.211 Timoteo 2:5, NASB.
En el tiempo determinado por el Padre, Jesús regresará personal, visible, poderosa y gloriosamente a la tierra “juzgar a los vivos y a los muertos”222 Timoteo 4:1; 1 Pedro 4:5, NBLA. Véase también el Credo Apostólico. y para “regir a todas las naciones con vara de hierro”.23Apocalipsis 12:5, NBLA.
Salmos 2:7–9; 110:1; Daniel 7:13–14; Mateo 24:30–31; 25:31–32; 26:64; Marcos 13:26–27; 16:19; Lucas 21:27; 24:50–51; Juan 14:2–3; Hechos 1:9–11; 2:33–36; 3:20–21; 10:42; Romanos 8:34; 14:9–12; 1 Corintios 15:23–28; Efesios 1:20–22; Filipenses 2:9–11; Colosenses 3:1; 1 Tesalonicenses 4:16–17; 2 Tesalonicenses 1:7–10; 1 Timoteo 2:5; 6:14–15; 2 Timoteo 4:1; Tito 2:13–14; Hebreos 1:3; 4:14–16; 7:24–25; 9:24, 28; 10:12–13; 1 Pedro 3:21–22; 4:5; 2 Pedro 3:10–13; Apocalipsis 1:7; 11:15; 12:5; 19:11–16.
El Espíritu Santo es la tercera Persona de la Trinidad, un Ser personal que habla, enseña, consuela y convence, y no simplemente una fuerza o influencia impersonal. El Espíritu Santo convence a las personas “de pecado, de justicia y de juicio”,24Juan 16:8, NBLA. atrae a los pecadores a Jesucristo para salvación y produce el nuevo nacimiento en los creyentes. En el momento de la conversión, el Espíritu Santo mora permanentemente en los creyentes, nos bautiza en el Cuerpo de Cristo, nos sella para Dios y nos asegura nuestra salvación en Jesucristo.
El Espíritu Santo aparta a los creyentes para Dios, nos santifica, nos consuela, nos capacita para la oración eficaz, concede dones espirituales necesarios para el servicio y para la glorificación de Jesucristo, y nos fortalece para la proclamación global del evangelio. El Espíritu Santo inspiró las Escrituras, continúa iluminándolas y las mantiene ante la atención de los creyentes, permitiéndonos alcanzar una comprensión más plena de la verdad. El Espíritu Santo aclara la voluntad del Padre y capacita a los creyentes para cumplirla, sin actuar jamás como agente de confusión o desorden.
El Espíritu Santo exalta a Jesucristo para la edificación de la iglesia, en lugar de atraer la atención hacia Sí mismo o hacia aquellos por medio de quienes obra.
Génesis 1:2; Nehemías 9:20; Job 33:4; Salmo 139:7–10; Isaías 11:2; 48:16; Joel 2:28–29; Mateo 3:16–17; Juan 3:5–8; 14:16–17, 26; 15:26; 16:7–8, 13–14; Hechos 1:8; 2:1–4, 17–18; 5:3–4; 13:2, 4; Romanos 8:9–11, 14–16, 26–27; 1 Corintios 2:10–13; 3:16; 12:4–7, 11–13; 2 Corintios 1:21–22; Gálatas 5:16–23; Efesios 1:13–14; 3:16–17; 4:30; 5:18–19; 1 Tesalonicenses 5:19–21; 2 Tesalonicenses 2:13; Tito 3:5–6; 2 Pedro 1:21; Apocalipsis 22:17.
A. El Universo
Dios creó el universo y todo lo que existe en él para Su propio deleite y gloria. El mundo no fue formado a partir de materia preexistente, ni surgió por azar o por necesidad natural. Más bien, en seis días literales, Dios creó todas las cosas, visibles e invisibles, por el poder de Su Palabra.
Toda forma de vida lleva la huella del diseño divino, y la diversidad de la vida resulta del potencial genético que Dios implantó en cada tipo original de organismo. La complejidad de la creación, desde las galaxias más vastas hasta los organismos más diminutos, proclama la gloria de Dios e invita a una reverente admiración.
Génesis 1:1–31; Éxodo 20:11; Nehemías 9:6; Job 12:7–10; Salmos 19:1–4; 33:6–9; 104:24–25, 30; 148:1–5; Proverbios 3:19–20; Isaías 40:26; 42:5; 45:12, 18; Jeremías 10:12–13; Juan 1:1–3; Hechos 14:15; 17:24–25; Romanos 1:19–20; 1 Corintios 8:6; Colosenses 1:16–17; Hebreos 1:2–3; 11:3; Apocalipsis 4:11.
B. La Humanidad y la Imagen de Dios
En el sexto día, Dios creó a la humanidad a Su imagen, dotando a los seres humanos de valor inherente, responsabilidad moral y la capacidad de razonar. Los seres humanos fueron creados para vivir en comunión con Dios, glorificándolo y gozándose en Él, y se les otorgó dominio sobre el resto de la creación como administradores responsables. Aunque los seres humanos poseen cuerpos físicos como las demás criaturas, al haber sido creados a imagen de Dios también poseemos espíritus invisibles, inmateriales e inmortales. La imagen de Dios en nosotros confiere a cada persona una dignidad inviolable y un valor incalculable.
Génesis 1:26–27; 2:7, 18, 21–23; 5:1–2; 9:6; Deuteronomio 10:17–19; Job 32:8; Salmos 8:3–6; 100:3; Eclesiastés 7:29; 12:7; Isaías 43:6–7; Miqueas 6:8; Mateo 10:29–31; 22:37–39; Juan 4:23–24; Hechos 17:24–28; Romanos 2:14–15; 8:29; 1 Corintios 11:7; 15:45–49; 2 Corintios 3:18; Efesios 2:10; 4:24; Colosenses 3:9–10; Santiago 3:9; Apocalipsis 4:11.
C. Los Ángeles
Dios creó una innumerable multitud de ángeles para glorificarlo, cumplir Su voluntad y ministrar a Su pueblo. Los ángeles son seres espirituales poderosos que llevan a cabo los propósitos de Dios sin las limitaciones de los cuerpos físicos. Como siervos creados por Dios, no son Sus iguales y nunca deben ser adorados ni invocados como si lo fueran. Aunque los ángeles pueden manifestarse en forma física, siguen siendo distintos de los seres humanos, y los seres humanos no se convierten en ángeles después de la muerte.
Aunque todos los ángeles fueron creados buenos y santos, una parte de ellos —encabezada por Satanás— se rebeló contra Dios. Estos ángeles caídos fueron expulsados del cielo y ahora se oponen a la voluntad de Dios. Satanás, el diablo, es un ser real y personal que actúa como adversario de Dios y acusador de Su pueblo. Junto con sus huestes demoníacas, Satanás procura engañar y tentar a la humanidad, cegando a las personas respecto a la verdad del evangelio.
Sin embargo, el poder de todo ángel está limitado por la voluntad soberana de Dios. Los ángeles caídos esperan su derrota inevitable a manos de Jesucristo y su juicio final en fuego eterno. Los ángeles fieles permanecen leales al Señor, deleitándose en obedecer Su voluntad, adorando continuamente delante de Su trono y regocijándose por cada pecador que se arrepiente.
Génesis 3:1–5, 14–15; 6:1–4; Job 1:6–12; 2:1–7; 38:4–7; Salmos 34:7; 91:11–12; 103:20–21; 104:4; Isaías 6:2–3; 14:12–15; Ezequiel 28:12–17; Daniel 7:10; 10:12–13, 20–21; Zacarías 3:1–2; Mateo 4:1–11; 13:39, 41, 49; 18:10; 25:41; Lucas 2:13–14; 8:30–33; 10:18; 15:10; Juan 8:44; Hechos 5:19–20; 12:7–11; 2 Corintios 4:4; 11:14–15; Efesios 6:11–12; Colosenses 1:16; 2:18; 1 Tesalonicenses 4:16; Hebreos 1:6–7, 14; 2:14–16; 1 Pedro 1:12; 5:8; 2 Pedro 2:4; Judas 6; Apocalipsis 12:7–9; 20:1–3, 10.
A. La Caída del Hombre
Dios creó a los primeros seres humanos en un estado de inocencia moral para disfrutar de una comunión ininterrumpida con Él. En lugar de conservar esta comunión perfecta con su Creador, el primer hombre y la primera mujer cedieron a la tentación de Satanás y escogieron rebelarse contra Dios.
El pecado de Adán distorsionó la imagen de Dios en la humanidad, pervirtió la naturaleza humana y corrompió toda la creación, introduciendo la muerte, la enfermedad y el sufrimiento en el mundo. Como consecuencia, todas las personas heredan de Adán una naturaleza caída que nos inclina al pecado, siendo Jesucristo —“la simiente de la mujer”25La Confesión de Fe de Filadelfia.— la única excepción.
Como pecadores por naturaleza, los seres humanos pecan libre y voluntariamente una vez que alcanzan conciencia moral. Aunque la humanidad posee libertad moral, el ser humano es el único responsable del pecado; Dios no es el autor del mal ni del pecado. El relato bíblico de la Caída es un acontecimiento histórico real que revela el origen del mal y la necesidad de redención del hombre. El desorden y la corrupción generalizados en la creación dan testimonio de la realidad del pecado y de la profunda necesidad que el ser humano tiene de la gracia.
Génesis 2:16–17; 3:1–6, 7–13, 15–19; 6:5; 8:21; Salmos 14:2–3; 51:5; 53:1–3; Eclesiastés 7:29; Isaías 53:6; Jeremías 17:9; Mateo 15:18–19; Juan 3:19–20; Romanos 3:10–12, 23; 5:12, 15–19; 6:23; 7:18; 8:20–22; 1 Corintios 15:21–22; 15:45–49; Efesios 2:1–3; Santiago 1:13–15; 1 Juan 1:8–10; 3:4; Apocalipsis 12:9.
B. La Condición Pecaminosa del Hombre
El pecado es toda acción, palabra, pensamiento o actitud que viola la ley de Dios y no alcanza Su norma perfecta de justicia. La ley moral procede de la propia naturaleza santa de Dios, de modo que el pecado no es meramente una deficiencia moral, sino también una ofensa personal contra Él. Cada pecado constituye traición contra un Dios infinitamente santo, rechazando Su autoridad y desafiando Su santidad.
La presencia del pecado alienó a la humanidad de Dios, nos esclavizó a deseos corruptos y nos hizo objeto de la ira divina. En nuestro estado natural, no convertido, permanecemos separados de Dios, bajo Su ira e incapaces de reconciliarnos con Él por nuestros propios medios.
Génesis 2:16–17; 3:6–7, 17–19; 6:5; Éxodo 34:6–7; Levítico 19:2; Salmos 14:2–3; 51:4–5; 130:3; Eclesiastés 7:20; Isaías 53:6; 59:2; Jeremías 17:9; Habacuc 1:13; Mateo 5:21–22, 27–28; 12:36–37; Marcos 7:20–23; Juan 3:19–20; 8:34; Romanos 1:18–21, 24–25; 3:9–12, 23; 5:12; 6:16, 23; 7:18–20; 8:7–8; 1 Corintios 2:14; 2 Corintios 4:3–4; Efesios 2:1–3; 4:17–19; Colosenses 1:21; 2 Tesalonicenses 2:10–12; Tito 3:3–5; Santiago 1:14–15; 1 Juan 1:8, 10; 3:4; Apocalipsis 21:8.
A. Ofrecida por Gracia Sola
La salvación es la obra misericordiosa de Dios por la cual los pecadores son rescatados de la culpa y de la pena del pecado. “Es don de Dios”,26Efesios 2:8, NBLA. concedido únicamente por gracia divina y no por mérito humano. La gracia es el favor inmerecido de Dios, otorgado libremente a pecadores indignos. Esta gracia fue asegurada por medio de la muerte expiatoria y sustitutiva de Jesucristo, quien soportó la ira de Dios contra el pecado en favor de la humanidad.
La salvación no es un esfuerzo cooperativo entre Dios y el hombre, sino un don divino, realizado y aplicado enteramente por el poder de Dios desde el principio hasta el fin. Ninguna cantidad de esfuerzo humano puede jamás ser suficiente para ganar el favor de Dios. La gracia sola salva al pecador, sostiene al creyente y asegura la redención eterna.
Éxodo 34:6; Salmos 86:5; 103:8–12; Isaías 53:5–6; 55:1–3; Jonás 2:9; Mateo 1:21; Juan 1:12–13; 3:16–17; 6:37, 44; 14:6; Hechos 4:12; 15:11; Romanos 3:23–24; 4:4–5; 5:8–9; 6:23; 11:6; 1 Corintios 1:30–31; 2 Corintios 5:18–19, 21; Gálatas 2:16, 21; Efesios 1:7; 2:4–9; Filipenses 3:8–9; Tito 2:11–14; 3:4–7; 2 Timoteo 1:9; Hebreos 9:12; 1 Pedro 1:18–19; 1 Juan 4:9–10; Apocalipsis 1:5–6.
B. Recibida por Fe Sola
La salvación se recibe únicamente por medio de la fe en Jesucristo y no puede ganarse, mejorarse ni mantenerse por medio del esfuerzo humano. La muerte expiatoria de Cristo satisfizo plenamente la justicia divina, haciendo que Su obra salvadora sea suficiente para todos los que se arrepienten y creen. La fe no es una obra meritoria, sino el medio por el cual la gracia es recibida por pecadores indignos.
Génesis 15:6; Isaías 45:22; Habacuc 2:4; Mateo 21:32; Marcos 1:15; Lucas 18:13–14; Juan 1:12; 3:16–18, 36; 5:24; 6:28–29; 11:25–26; 20:31; Hechos 4:12; 13:38–39; 15:9; 16:30–31; Romanos 1:16–17; 3:21–24, 28; 4:4–5; 5:1; 10:9–10, 13, 17; 1 Corintios 1:21; 15:1–2; Gálatas 2:16; 3:11, 22, 26; Efesios 2:8–9; Filipenses 3:8–9; Colosenses 2:12; Tito 3:5–7; Hebreos 10:38–39; 11:1, 6; 1 Pedro 1:8–9; 1 Juan 5:11–12.
C. El Nuevo Nacimiento
Los seres humanos nacen espiritualmente “muertos en sus delitos y pecados”;27Efesios 2:1, NBLA. por lo cual, “el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios”.28Juan 3:3, NBLA. Esta regeneración es la obra del Espíritu Santo, quien imparte vida espiritual, transforma el corazón y renueva la voluntad. La regeneración no se logra por medio del esfuerzo moral ni de la observancia religiosa, sino que es enteramente un acto sobrenatural de la gracia divina.
El nuevo nacimiento ocurre cuando un pecador responde al evangelio con “arrepentimiento para con Dios y de la fe en nuestro Señor Jesucristo”.29Hechos 20:21, NBLA. Cuando una persona nace de nuevo, el viejo hombre es “con Cristo […] crucificado”30Gálatas 2:20, NBLA. y el creyente llega a ser “una nueva creación”.31Gálatas 6:15, NBLA. La salvación no es posible sin el nuevo nacimiento por medio de la fe personal en Jesucristo.
Deuteronomio 30:6; Jeremías 31:33–34; Ezequiel 11:19–20; 36:25–27; Juan 1:12–13; 3:3–7; 5:24; 6:63; Hechos 2:38; 16:14; 20:21; 26:18; Romanos 6:4–6; 8:9–11; 1 Corintios 2:14–15; 2 Corintios 4:6; 5:17; Gálatas 2:20; 6:15; Efesios 2:1–5; 4:22–24; Colosenses 2:13; Tito 3:4–6; Santiago 1:18; 1 Pedro 1:3, 23; 1 Juan 3:9; 5:1, 4.
D. La Fe y el Arrepentimiento
La fe consiste en confiar personalmente en Jesucristo como Señor y Salvador sobre la base de Su muerte y resurrección, y depender únicamente de Él para el perdón y la reconciliación con Dios. El arrepentimiento es una transformación del corazón y de la mente respecto a Dios y al pecado, producida por el Espíritu Santo. Conduce a las personas a apartarse de la rebelión, aborrecer el pecado y recibir por fe la misericordia ofrecida en Jesucristo.
Aunque el arrepentimiento no produce perfección sin pecado, sí produce una tristeza conforme a Dios y una vida transformada. La fe y el arrepentimiento son gracias inseparables que juntas constituyen la verdadera conversión. Estas gracias continúan a lo largo de la vida cristiana, mientras los creyentes se apartan continuamente del pecado y confían en las promesas de Dios. Este patrón continuo de arrepentimiento y fe caracteriza el discipulado genuino y proporciona evidencia de una salvación verdadera.
2 Crónicas 7:14; Salmos 32:5; 51:10, 17; 34:18; Isaías 55:6–7; Ezequiel 18:30–32; Joel 2:12–13; Mateo 3:1–2, 8; 4:17; Marcos 1:14–15; Lucas 5:31–32; 13:3, 5; 15:7, 10; 18:13–14; Juan 3:16–18, 36; 6:37, 40; Hechos 2:37–38; 3:19; 11:18; 16:30–31; 20:20–21; 26:18, 20; Romanos 2:4; 10:9–10; 1 Corintios 15:1–2; 2 Corintios 5:17, 21; 7:9–10; Gálatas 2:20; Efesios 2:8–9; Filipenses 1:6; Colosenses 2:6–7; 1 Tesalonicenses 1:9–10; 2 Timoteo 2:25–26; Hebreos 6:1; Santiago 2:17, 26; 1 Juan 1:8–9; Apocalipsis 3:19–20.
E. Las Bendiciones de la Salvación
Las bendiciones de la salvación incluyen el perdón de los pecados, la reconciliación con Dios, la justificación en Cristo, la liberación de la condenación eterna, la adopción en la familia de Dios y la seguridad de la vida eterna en la presencia de Dios. Estas bendiciones comienzan en la conversión, afectan la vida diaria del creyente y serán consumadas en la glorificación en la nueva creación. Las riquezas de la gracia otorgadas en la salvación son incalculables y eternas, aseguradas por el poder de Dios.
Salmos 32:1–2; 103:10–12; Isaías 1:18; 53:5–6; Jeremías 31:33–34; Mateo 11:28–30; Juan 1:12; 3:16–18, 36; 5:24; 10:27–29; 14:2–3; Hechos 10:43; Romanos 3:23–24; 4:7–8; 5:1–2, 8–11; 6:4, 22–23; 8:1–2, 15–17, 29–30, 38–39; 1 Corintios 1:30; 15:22–23; 2 Corintios 5:17–21; Gálatas 2:20; 4:4–7; Efesios 1:3–7, 13–14; 2:4–7, 13, 19; Filipenses 3:20–21; Colosenses 1:13–14, 21–22; Tito 3:4–7; Hebreos 9:12, 15; 1 Pedro 1:3–5, 18–19; 1 Juan 3:1–2; 5:11–13; Apocalipsis 21:3–4, 27.
(1) La Justificación
La justificación es el acto misericordioso de Dios por el cual los pecadores son declarados justos delante de Él por medio de la fe en Cristo solamente. En la justificación, Dios perdona el pecado, elimina la culpa y acredita al creyente la justicia perfecta de Cristo. Este acto, como toda bendición de la salvación, es un don gratuito de Dios recibido “por la fe aparte de las obras”.32Romanos 3:28, NBLA.
La justificación no implica que Dios pase por alto o ignore el pecado; por el contrario, Jesucristo pagó la pena para satisfacer la justicia divina, de modo que los pecados ya no son imputados al justificado. Los creyentes son completamente y definitivamente justificados en el momento de la conversión, lo cual resulta en paz permanente con Dios. Aunque el creyente no es librado de todos los efectos temporales del pecado como resultado de la justificación. Sin embargo, Dios quita la culpa del creyente y, conforme a Su voluntad, declara: “Nunca más me acordaré de sus pecados”.33Hebreos 8:12, NBLA. El resultado es que “ahora no hay condenación para los que están en Cristo Jesús”.34Romanos 8:1, NBLA.
Génesis 15:6; Salmo 32:1–2; Isaías 53:5–6, 11; Habacuc 2:4; Lucas 18:13–14; Juan 3:16–18; 5:24; Hechos 13:38–39; Romanos 3:20–24, 26, 28; 4:4–5, 7–8, 22–25; 5:1–2, 8–9, 16–19; 6:6–7, 23; 8:1, 30, 33–34; 1 Corintios 1:30–31; 2 Corintios 5:17, 21; Gálatas 2:16, 20–21; 3:6–9, 11, 13–14, 24; Efesios 1:7; 2:8–9, 13–16; Filipenses 3:8–9; Colosenses 2:13–14; Tito 3:4–7; Hebreos 7:25; 8:12; 10:10, 14, 17–18; Santiago 2:17–18, 22, 24; 1 Pedro 2:24; 1 Juan 1:9; Apocalipsis 1:5–6.
(2) La Santificación
La santificación es la obra misericordiosa del Espíritu Santo por la cual los creyentes son hechos santos, conformados a la imagen de Cristo y apartados para el servicio de Dios. La santificación comienza en la conversión, cuando los creyentes son unidos a Cristo y declarados santos en Él. Desde ese momento hasta la muerte, el Espíritu obra en los creyentes, produciendo madurez espiritual mediante una conformidad creciente a Cristo.
Este proceso es la voluntad de Dios para todo creyente y parte de Su plan eterno de redimir para Sí un pueblo propio. Aunque la santificación es enteramente obra de Dios, los creyentes son responsables de buscar activamente la santidad mediante la oración, el estudio de la Escritura y la obediencia. La santificación se caracteriza por la disposición del creyente a luchar contra el pecado en lugar de abrazarlo, confiando en que Dios proveerá la victoria. Aunque la perfección sin pecado no se alcanza en esta vida, el Espíritu renueva continuamente a los creyentes hasta que sean presentados irreprensibles delante de Cristo.
Éxodo 31:13; Levítico 20:7–8; Salmo 51:10; Ezequiel 36:25–27; Mateo 5:48; Juan 15:1–5; 17:17–19; Hechos 26:18; Romanos 6:6, 11–14, 19, 22; 8:5–6, 13, 29; 12:1–2; 1 Corintios 1:2, 30; 6:11, 19–20; 2 Corintios 3:17–18; Gálatas 5:16–17, 22–25; Efesios 2:10; 4:22–24; 5:25–27; Filipenses 2:12–13; Colosenses 1:9–10, 28–29; 1 Tesalonicenses 4:3–4, 7; 5:23–24; 2 Tesalonicenses 2:13; Hebreos 10:10, 14; 12:10–11, 14; Santiago 1:2–4, 21–22; 1 Pedro 1:14–16, 22; 2 Pedro 1:3–8; 1 Juan 1:7–9; 3:2–3; Judas 24–25.
F. La Gracia Divina y la Libertad Humana
Dios no desea “que nadie perezca”352. Pedro 3:9, NBLA. y, en Su paciencia, provee la oportunidad para que “todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad”.361 Timoteo 2:4, NBLA. Jesucristo “prob[ó] la muerte por todos”,37Hebreo 2:9, NBLA. ofreciéndose a Sí mismo “en rescate por todos”381 Timoteo 2:6, NBLA. y poniendo la expiación al alcance de toda la humanidad. Aunque la muerte de Jesús es suficiente para la salvación de todos, sus beneficios son eficaces únicamente para quienes creen.
El evangelio de Jesucristo “es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree”,39Romanos 1:16, NBLA. y por medio de él el Espíritu Santo convence, llama y atrae a los pecadores a Cristo, capacitándolos para creer y ser salvos. Esta invitación es genuinamente ofrecida a todos los que oyen, y cada persona es responsable de su respuesta. La salvación es iniciada por el Padre, consumada por el Hijo, aplicada por el Espíritu y recibida por fe sola, sin coerción, jactancia ni favoritismo. Dios no atrae irresistiblemente ni obliga a creer, sino que ofrece la salvación libremente a todos. Aunque muchos rechazan esta invitación, nadie que viva está fuera del alcance de la gracia de Dios.
Isaías 45:22; 53:5–6, 11–12; Ezequiel 18:23; 18:32; Jonás 4:11; Mateo 11:28–30; 22:1–10; 23:37; Marcos 16:15–16; Lucas 19:10; Juan 1:9, 12; 3:16–17; 5:40; 6:40; 12:32; Hechos 10:34–35; 13:38–39, 46–48; 17:26–31; Romanos 1:16; 2:4, 11; 5:6, 8, 18; 10:9–13; 1 Corintios 15:3–4, 22; 2 Corintios 5:14–15, 18–20; Gálatas 3:26–28; Efesios 2:8–9; 1 Timoteo 2:3–6; 4:10; Tito 2:11; 3:4–7; Hebreos 2:9; 2 Pedro 3:9; 1 Juan 2:2; Apocalipsis 22:17.
G. La Elección y la Predestinación
La elección no es una selección arbitraria de individuos, sino una decisión misericordiosa de Dios de salvar a quienes creen en Su Hijo, conforme a Su propósito redentor y a Su presciencia. La predestinación se refiere al destino que Dios ha preparado para los elegidos: ser justificados, santificados y glorificados. Mientras que la elección identifica a aquellos a quienes Dios salva, la predestinación define Su propósito para ellos, a saber, su transformación y glorificación final.
Estas doctrinas revelan la voluntad de Dios de redimir y glorificar a un pueblo en unión con Jesucristo, completando nuestra salvación y conformándonos a Su imagen. El plan redentor de Dios es seguro e infalible; sin embargo, esta certeza no elimina la responsabilidad humana ni la oferta genuina de salvación a todos.
Deuteronomio 7:6–8; 10:14–15; Isaías 42:1; 45:4; 46:9–10; Mateo 22:14; 24:22, 24, 31; Lucas 10:20; Juan 6:37, 39–40; 10:27–29; 15:16; 17:2, 6, 9, 24; Hechos 2:23; 13:48; 18:9–10; Romanos 8:28–30; 9:10–16, 22–24; 10:9–13; 11:5–6, 29, 33–36; 1 Corintios 1:26–31; Efesios 1:3–6, 9–11; 2:4–10; Filipenses 1:6; 2:12–13; 1 Tesalonicenses 1:4–5; 2 Tesalonicenses 2:13–14; 2 Timoteo 1:8–9; Hebreos 2:10; 1 Pedro 1:1–5; 2 Pedro 1:10–11; 3:9; 1 Juan 4:9–10, 19; Apocalipsis 13:8; 17:8.
H. La Seguridad Eterna
Todos los que han nacido verdaderamente de nuevo son sostenidos por el poder de Dios y permanecen eternamente seguros en Jesucristo. Para asegurar al creyente esta seguridad, Cristo ha enviado al Espíritu Santo que mora en nosotros, quien nos sella y “da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios”.40Romanos 8:16, NBLA. La salvación no puede perderse ni ser revocada, ya que descansa en la obra consumada de Cristo y en la fidelidad de Dios, no en el esfuerzo humano.
Si la salvación pudiera perderse, sería imposible recuperarla, puesto que no existe otro sacrificio que pueda expiar el pecado. Aun cuando los creyentes tropiezan y caen en pecado por debilidad o descuido, la sangre de Jesucristo sigue siendo suficiente para cubrir todo pecado, pasado, presente y futuro. La seguridad en la gracia de Dios no justifica la desobediencia, ya que el pecado habitual y no arrepentido evidencia una vida no convertida. Los verdaderos creyentes perseveran en la fe, regresan a Cristo en arrepentimiento, manifiestan evidencia de la obra continua del Espíritu y dependen de la gracia de Dios cuando fallan.
Deuteronomio 33:27; Salmos 37:23–24, 28; 121:7–8; Isaías 46:3–4; Jeremías 32:40; Mateo 18:12–14; 24:24; Juan 3:16–17, 36; 5:24; 6:37–40; 10:27–29; 17:11–12, 24; Romanos 5:8–10; 8:1–2, 16, 29–30, 35–39; 11:29; 1 Corintios 1:8–9; 10:13; 2 Corintios 1:21–22; Gálatas 6:7–9; Efesios 1:13–14; 2:8–9; 4:30; Filipenses 1:6; 2:12–13; Colosenses 1:21–23; 1 Tesalonicenses 5:23–24; 2 Tesalonicenses 3:3; 2 Timoteo 1:12; 2:11–13, 19; Hebreos 7:25; 10:10, 14, 26–27; Santiago 1:12; 1 Pedro 1:3–5; 5:10; 1 Juan 1:7–9; 2:1–2, 19, 25; 5:11–13; Judas 24–25.
La ley de Dios y Su evangelio revelan conjuntamente los atributos divinos de santidad, justicia y gracia. Son mensajes complementarios de Dios: la ley revela la necesidad de la gracia, mientras que el evangelio concede la justicia que la ley no puede producir. La ley mosaica no fue dada como un medio de salvación, sino como una norma que manifiesta la santidad de Dios y expone la condición caída del ser humano.
La santidad de Dios se muestra en la ley, ya que sus exigencias estrictas proceden de Su propia naturaleza; la pecaminosidad del hombre queda expuesta por la ley, pues sus demandas son imposibles de cumplir y convencen la conciencia, anulando toda pretensión de justicia propia. Todas las personas tienen “la ley escrita en sus corazones”,41Romanos 2:15, NBLA. tengan o no conocimiento directo de la Escritura, “de manera que ellos no tienen excusa”42Romanos 1:20, NBLA. cuando inevitablemente quebrantan la ley moral de Dios.
La ley no puede salvarnos, pero dirige constantemente nuestra atención al Salvador, quien cumplió perfectamente sus exigencias en favor de la humanidad. Aunque la ley no obliga al creyente como medio para obtener o conservar la salvación, sí da testimonio del carácter de Dios, define la justicia y el pecado, y revela la necesidad de la gracia. Los cristianos están ahora “bajo la ley de Cristo”,431 Corintios 9:21, NBLA. la cual se resume en los dos grandes mandamientos: amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo como a uno mismo. La obediencia a la ley de Cristo no es un camino de salvación para los pecadores, sino la respuesta agradecida del creyente a la gracia que lo ha salvado y transformado.
Éxodo 19:5–6; 20:1–17; Levítico 19:2; Deuteronomio 6:5; 10:12–13; 30:11–14; Salmos 19:7–8, 11; 40:7–8; 119:9–11, 97–105; Proverbios 20:9; Eclesiastés 12:13–14; Isaías 53:5–6, 11; Jeremías 31:33; Habacuc 2:4; Mateo 5:17–18, 20; 7:12; 22:37–40; Marcos 12:28–34; Lucas 10:25–28; Juan 1:17; 5:39–40; Hechos 13:38–39; Romanos 1:20; 2:14–15; 3:19–20, 23–24, 28; 4:14–16; 5:20–21; 6:14–15; 7:7–12, 22–25; 8:1–4; 10:3–4; 13:8–10; 1 Corintios 9:21; Gálatas 2:16, 21; 3:10–13, 19, 24–25; 5:1, 13–14; Efesios 2:8–10, 15; Filipenses 3:9; Colosenses 2:13–17; 1 Timoteo 1:8–9; Hebreos 8:6–10; 10:1, 14; Santiago 1:22–25; 2:8–10, 12; 1 Juan 2:3–6; 5:2–3; Apocalipsis 14:12.
A. La Naturaleza y la Misión de la Iglesia
La iglesia es “la comunión de los santos”:44El Credo Apostólico. aquellos que han sido redimidos por el sacrificio de Cristo y unidos por el Espíritu Santo en un solo cuerpo. La misión de la iglesia es proclamar el evangelio, hacer y fortalecer discípulos, observar las ordenanzas instituidas por Jesucristo, enseñar la obediencia a Sus mandamientos y glorificarlo en todas las cosas.
La iglesia existe tanto en forma universal como local. La iglesia universal incluye a todos los verdaderos creyentes de toda época y nación. La iglesia local es la expresión visible y reunida de este cuerpo: una congregación de creyentes bautizados en Jesucristo, apartados del mundo para trabajar y adorar juntos en obediencia a la Palabra de Dios. Cristo es el único Cabeza de la iglesia, y cada congregación es directamente responsable ante Su autoridad, manteniendo autonomía local e independencia de todo control religioso o gubernamental externo.
Mateo 16:18; 18:17–20; 28:18–20; Marcos 3:13–15; Lucas 24:46–49; Juan 13:34–35; 17:20–23; Hechos 1:8; 2:41–42, 47; 4:32–33; 6:3–4; 11:26; 13:1–3; 14:23; 20:28; Romanos 12:4–5; 1 Corintios 1:2; 3:9–11; 10:16–17; 12:12–13, 18, 27; 14:26; 2 Corintios 11:2; Efesios 1:22–23; 2:19–22; 3:10–11, 21; 4:4–6, 11–13, 15–16; 5:23–27, 32; Filipenses 1:1, 27; Colosenses 1:18, 24; 1 Tesalonicenses 1:1, 7–8; 1 Timoteo 3:14–15; Tito 1:5; Hebreos 10:24–25; 13:7, 17; 1 Pedro 2:5, 9–10; Apocalipsis 1:5–6, 20.
B. La Necesidad de la Iglesia
Dios no pretende que la vida cristiana se viva en aislamiento; por tanto, la participación en la iglesia local es esencial para todo creyente. Aunque no es un requisito para la salvación, la participación activa en una iglesia es necesaria para el crecimiento espiritual y el servicio obediente. La comunión con una comunidad de creyentes provee oportunidades para el compañerismo centrado en Cristo, la instrucción en la Palabra y el ejercicio de los dones espirituales, todo lo cual es necesario para que florezcamos espiritualmente conforme al diseño de Dios.
Salmo 133:1; Proverbios 27:17; Eclesiastés 4:9–12; Mateo 18:19–20; Juan 13:34–35; Hechos 2:41–42, 46–47; 4:32–33; 20:7; Romanos 12:4–6, 10–13; 1 Corintios 12:12–14, 18–21, 26–27; 14:12, 26; Gálatas 6:2; Efesios 2:19–22; 4:11–13, 15–16; Filipenses 2:1–4; Colosenses 3:12–16; 1 Tesalonicenses 5:11, 14–15; Hebreos 3:13; 10:24–25; Santiago 5:16; 1 Pedro 4:8–10; 1 Juan 1:3, 7.
C. La Obra de la Iglesia
Para la salud de la iglesia es vital que esta equipe y capacite a cada miembro para discernir y cumplir su llamado ministerial. Las iglesias sanas se caracterizan por: (1) la proclamación fiel del evangelio; (2) una membresía regenerada; (3) el compromiso con la sana doctrina; (4) la adoración congregacional; (5) el discipulado intencional; (6) la capacitación de los creyentes para el ministerio; (7) la observancia de las ordenanzas de la iglesia como representaciones del evangelio; (8) un liderazgo bíblicamente calificado; y (9) la disciplina eclesiástica que preserva la santidad.
Mateo 16:18–19; 18:15–17; 28:18–20; Marcos 3:14; Lucas 24:46–49; Juan 4:23–24; 20:21–23; Hechos 2:41–42, 47; 6:3–4; 11:26; 14:21–23; 20:27–28; Romanos 12:4–8; 1 Corintios 1:10; 3:11; 5:1–5, 11–13; 10:16–17; 11:23–26; 12:12–27; 14:26; 2 Corintios 8:5; Efesios 2:19–22; 4:11–16; 5:25–27; Filipenses 1:27; Colosenses 1:28–29; 1 Tesalonicenses 1:8; 5:12–14; 1 Timoteo 3:1–7, 8–15; 2 Timoteo 2:2; 4:2–4; Tito 1:5–9; 2:1–8, 11–14; Hebreos 10:24–25; 12:14; Santiago 1:22; 1 Pedro 2:9–10; 5:1–3; Apocalipsis 2:4–5, 10, 14–16, 19–20.
D. El Liderazgo de la Iglesia
Jesucristo es el único Cabeza de la iglesia, gobernándola por medio de Su Palabra y Su Espíritu. Bajo Su autoridad, el liderazgo es establecido para servir dentro de la iglesia local en beneficio de la congregación y para la gloria de Dios. Los líderes de la iglesia deben ejercer la autoridad con humildad y servicio semejante al de Cristo, evitando toda forma de dominio autoritario o soberbia.
Mateo 9:36–38; 16:18–19; 20:25–28; 23:8–11; Marcos 9:35; 10:42–45; Lucas 12:42–44; 22:24–27; Juan 10:11–16; 13:13–15; 21:15–17; Hechos 6:2–4; 14:21–23; 20:17, 28–31; Romanos 12:3, 6–8; 1 Corintios 3:5–7; 4:1–2 11:3; 12:28; Efesios 1:22–23; 4:11–13, 15–16; 5:23–24; Filipenses 2:3–8; Colosenses 1:18; 2:19; 1 Tesalonicenses 5:12–13; 1 Timoteo 3:1–3, 5; 5:17–19; 2 Timoteo 2:2, 24–25; 4:1–5 Tito 1:5–9; Hebreos 13:7, 17; Santiago 3:1; 1 Pedro 5:1–4; Apocalipsis 1:12–13, 20.
(1) Los Oficios
El Señor ha designado tanto a ancianos como a diáconos para servir para el bien de Su iglesia.
Los ancianos son nombrados para guiar y proteger a la iglesia bajo el señorío de Jesucristo. Sus responsabilidades incluyen predicar y enseñar la Palabra, pastorear a la congregación, velar por su bienestar espiritual y preservar la sana doctrina. Los pastores, también llamados obispos en las Escrituras, son ancianos que asumen un papel central en el pastoreo y la enseñanza.
De igual manera, los diáconos apoyan a los ancianos atendiendo las necesidades prácticas de la iglesia, promoviendo el ministerio de la Palabra y fomentando la unidad dentro de la congregación.
Mateo 20:25–28; Marcos 10:43–45; Juan 13:13–15; Hechos 6:1–6; 11:30; 14:23; 15:2, 4, 6, 22–23; 20:17, 28–31; Romanos 12:6–8; 1 Corintios 3:5–7; 9:14; 12:28; Gálatas 5:13; Efesios 4:11–12; Filipenses 1:1; Colosenses 1:18; 2:19; 1 Tesalonicenses 5:12–13; 1 Timoteo 3:1–13; 4:13–16; 5:17–19; 2 Timoteo 2:2; 4:1–2; Tito 1:5–9; Hebreos 6:10; 13:7, 17; Santiago 3:1; 1 Pedro 4:10–11; 5:1–4; 1 Juan 3:17–18.
(2) Los Requisitos
Para que un hombre sirva como anciano o diácono, debe ser llamado y capacitado por Dios para esta labor, y la iglesia debe reconocer esta obra de Dios en él. Un anciano o diácono debe poseer un testimonio piadoso y demostrar de manera constante una vida de conducta fiel, dominio propio e integridad doctrinal. Sin un carácter piadoso, ningún hombre debe ser considerado para el liderazgo eclesial, independientemente de otras habilidades o calificaciones.
La Escritura limita el oficio de anciano y sus funciones a hombres calificados, presentando el liderazgo masculino en la iglesia no como una innovación cultural, sino como un diseño divino arraigado en la relación entre Adán y Eva y afirmado por la enseñanza apostólica.
Génesis 2:18, 21–24; Números 27:16–17; Proverbios 11:3; 20:7; 27:17; Isaías 3:12; Malaquías 2:7; Marcos 3:13–15; Lucas 6:12–13; Hechos 1:21–26; 6:3; 14:23; 20:17, 28; Romanos 12:6–8; 1 Corintios 11:3; 14:33–35; Efesios 4:11–13; 1 Tesalonicenses 5:12–13; 1 Timoteo 2:11–14; 3:1–13; 5:22; 2 Timoteo 2:2; Tito 1:5–9; Hebreos 13:7, 17; Santiago 3:1; 1 Pedro 5:1–3.
(3) Las Limitaciones
Puesto que Jesucristo es el gran Sumo Sacerdote y no se requiere ningún mediador adicional entre el Señor y Su pueblo, la Escritura no asigna funciones sacerdotales a los líderes de la iglesia. El Nuevo Testamento afirma el sacerdocio de todos los creyentes. Aunque el liderazgo ordenado por Dios es esencial para la salud de la iglesia, todos los creyentes comparten por igual el derecho y la responsabilidad de estudiar e interpretar la Escritura, tener comunión con Dios y participar en el avance de Su Reino.
Éxodo 19:5–6; Salmo 24:3–4; Isaías 61:6; Mateo 27:50–51; Juan 14:6; Romanos 5:1–2; 12:1; 1 Corintios 3:16–17; 12:4–7, 11–13; Gálatas 3:26–28; Efesios 2:18–22; 4:11–13; Colosenses 1:18; 1 Timoteo 2:5; Hebreos 4:14–16; 7:23–28; 9:11–12, 24; 10:19–22; 13:15–16; 1 Pedro 2:4–5, 9; Apocalipsis 1:5–6; 5:9–10.
E. Las Ordenanzas de la Iglesia
El Señor Jesucristo estableció dos ordenanzas para la iglesia: el bautismo y la Cena del Señor. Estas ordenanzas son actos sagrados de obediencia y adoración practicados por la iglesia local que conmemoran Su sacrificio hasta Su regreso. Su observancia beneficia espiritualmente a la iglesia y a su pueblo, pero no contribuye a la salvación.
Mateo 3:13–15; 26:26–28; 28:18–20; Marcos 14:22–25; Lucas 22:19–20; Juan 3:22–23; Hechos 2:38, 41–42; 8:36–38; 10:47–48; 16:14–15, 30–33; Romanos 6:3–4; 1 Corintios 10:16–17; 11:23–29; Gálatas 3:26–27; Efesios 2:8–9; 4:4–6; Colosenses 2:12; Hebreos 9:11–12; 10:10, 14; 1 Pedro 3:21.
(1) El Bautismo
El bautismo es la inmersión total de un creyente en agua, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y simboliza la muerte, sepultura y resurrección de Jesucristo. Este acto profesa nuestra fe en Cristo, nos identifica públicamente con Él, proclama nuestra nueva vida en Él y afirma nuestra esperanza segura en la resurrección futura. El bautismo sigue a la conversión como un acto de obediencia a nuestro Señor y señala nuestra incorporación a la comunión de la iglesia como miembros comprometidos del cuerpo de Cristo.
Mateo 3:13–16; 28:19–20; Marcos 1:9–10; 16:15–16; Juan 3:23; Hechos 2:38, 41; 8:12–13, 36–38; 9:17–18; 10:47–48; 16:14–15, 30–33; 18:8; Romanos 6:3–4; 1 Corintios 12:12–13; Gálatas 3:26–27; Efesios 4:4–6; Colosenses 2:12; 1 Pedro 3:21.
(2) La Cena del Señor
La Cena del Señor es una ordenanza en la cual los creyentes participan del pan y de la copa en obediencia al mandato de Jesucristo, recordando Su cuerpo entregado y Su sangre derramada por nosotros. Esta observancia proclama la muerte del Señor hasta que Él venga, fortalece la fe del creyente y promueve la comunión espiritual entre los miembros del cuerpo de Cristo. La Cena del Señor no es un sacrificio repetido ni un medio de gracia salvadora, sino una conmemoración reverente y gozosa de la obra redentora consumada por Cristo.
Mateo 26:26–29; Marcos 14:22–25; Lucas 22:19–20; Juan 6:35, 51, 53–58; Hechos 2:42, 46; 20:7; Romanos 6:9–10; 1 Corintios 5:7–8; 10:16–17, 21; 11:23–29; Hebreos 7:27; 9:12, 25–28; 10:10, 12–14; 1 Juan 1:7; Apocalipsis 19:7–9.
F. La Unidad de la Iglesia
El evangelio transforma las relaciones humanas, instruyendo a los creyentes a honrarse unos a otros, extender perdón como hemos sido perdonados y buscar juntos la santidad y la verdad. Por lo tanto, la iglesia funciona como una familia de la fe donde el amor, la humildad y el servicio reflejan el carácter de Cristo.
Dentro de esta familia espiritual, cada creyente halla pertenencia, propósito y dignidad como hijo de Dios. Todos los que están en Cristo comparten una misión común: dar testimonio de la unidad, el amor y la reconciliación que se hallan exclusivamente en la verdad del evangelio. En consecuencia, la iglesia debe rechazar cualquier división, ideología, identidad terrenal o ambición que amenace su unidad o la distraiga de su misión.
Génesis 12:3; Salmo 133:1; Isaías 49:6; Mateo 5:23–24; Juan 13:34–35; 17:20–23; Hechos 2:44–47; 10:34–35; Romanos 12:4–5, 10, 16; 14:19; 15:5–6; 1 Corintios 1:10; 3:3–4; 12:12–13, 25–27; 2 Corintios 5:17–19; Gálatas 3:26–28; Efesios 2:13–16, 19–22; 4:1–6, 15–16, 32; Filipenses 2:1–4; Colosenses 3:11–14; Tito 2:11–14; Hebreos 12:14; Santiago 3:17–18; 1 Pedro 2:9–10, 17; 3:8–9; 1 Juan 4:7, 11–12, 20–21; Apocalipsis 5:9–10; 7:9–10.
A. El Llamado al Discipulado
Todos los creyentes en Cristo reciben este llamado: “andemos en novedad de vida”.45Romanos 6:4, NBLA. Al hacerlo, demostramos santidad, obediencia y amor a nuestro Señor. Por medio del Espíritu Santo que mora en nosotros, los creyentes cultivan un carácter semejante al de Cristo al dedicarse a la oración, el estudio de la Escritura, la adoración, la comunión y el servicio. Se espera que los cristianos vivan de un modo que confirme la verdad del evangelio, demostrando amor a Dios con todo nuestro ser y amor al prójimo como a nosotros mismos.
El discipulado comienza en el hogar y se nutre en la iglesia local, dando fruto en el mundo mediante la proclamación de Cristo en cada área de la vida “para alabanza de la gloria de Su gracia”.46Efesios 1:6, NBLA.
Deuteronomio 6:5–7; Salmo 1:1–3; Miqueas 6:8; Mateo 5:14–16; 7:24–25; 11:28–30; 16:24–25; 22:37–39; Lucas 9:23; Juan 13:14–15, 34–35; 15:4–5, 8–10, 16; Hechos 2:42; 4:32–35; Romanos 6:4, 11–13; 8:1–4, 10–14; 12:1–2; 13:8–10; 1 Corintios 10:31; Gálatas 2:20; 5:16, 22–23; Efesios 1:6; 2:10; 4:1–3, 15–16; 5:1–2, 8–10; Filipenses 1:27; 2:12–13; Colosenses 1:10; 3:16–17, 23–24; 1 Tesalonicenses 4:1–3, 7; 2 Timoteo 3:16–17; Hebreos 10:24–25; 12:1–2, 14; Santiago 1:22; 2:14–18; 1 Pedro 1:14–16; 2:12; 2 Pedro 1:5–8; 1 Juan 2:3–6; 3 Juan 4.
B. El Llamado al Servicio
Los creyentes son llamados a servir a Jesucristo empleando los dones, talentos y recursos que se nos han confiado para el beneficio de otros, la gloria de Dios y el avance de Su Reino. El servicio cristiano es una expresión central de nuestro discipulado y amor por Cristo, evidenciando el poder transformador del evangelio en la vida diaria. El ejemplo de Cristo, quien no “vino para ser servido, sino para servir”,47Marcos 10:45, NBLA. establece la norma para todo ministerio cristiano.
El servicio cristiano genuino nace de la gratitud por la gracia de Dios, es capacitado por el Espíritu Santo y guiado por la autoridad de la Escritura. El servicio debe reflejar de manera constante humildad, amor y dependencia de Dios, quien equipa y sostiene a Su pueblo en toda buena obra.
Éxodo 35:10, 21–22; 1 Samuel 12:24; Salmo 100:2; Proverbios 3:9–10; Miqueas 6:8; Mateo 5:16; 6:19–21; 10:8; 20:26–28; 25:14–30; Marcos 10:45; Lucas 12:42–43; 17:10; Juan 13:12–15; Hechos 9:36; 20:35; Romanos 12:1, 4–8, 11; 1 Corintios 3:6–9; 4:1–2; 9:19–23; 12:4–7, 11; 15:58; 2 Corintios 8:1–7; 9:6–8, 12–13; Gálatas 5:13–14; 6:9–10; Efesios 2:10; 4:11–12, 16; Filipenses 2:3–5, 7; Colosenses 3:23–24; 1 Tesalonicenses 1:3; 2 Tesalonicenses 3:13; 1 Timoteo 6:17–19; Tito 3:8, 14; Hebreos 6:10; 10:24; Santiago 2:17–18; 1 Pedro 4:10–11; Apocalipsis 2:19.
C. Dones de Ministerio
El Espíritu Santo concede soberanamente dones espirituales para equipar y capacitar a cada creyente para el ministerio. Aunque los dones espirituales difieren en función, comparten el propósito unificado de servicio, edificación, avance del evangelio y bien común de la iglesia. Ningún don está destinado para ganancia personal, autopromoción o desorden; todos deben ejercerse en amor, humildad y sumisión al señorío de Cristo. Todos los dones operan bajo la autoridad de la Escritura y en conformidad con el carácter de Cristo. Cada miembro del cuerpo es esencial y valioso, y el uso apropiado y cooperativo de nuestros dones fomenta la unidad, la madurez y el cumplimiento de nuestra misión común.
Romanos 12:4–8; 1 Corintios 1:7; 3:5–9; 12:4–14, 18–21, 25–30; 13:1–3, 4–8, 13; 14:1, 12, 26, 33, 40; Efesios 2:10; 4:7, 11–13, 15–16; Filipenses 1:27; Colosenses 1:28–29; 2:19; 1 Pedro 4:9–11; 2 Pedro 1:5–8; Judas 20–21.
D. Dones de Señal
Los dones de señal de la era apostólica —incluidas lenguas, profecía, visiones y sanidades milagrosas— fueron provistos para autenticar el ministerio y el mensaje de los apóstoles y para guiar a la iglesia antes de la culminación del canon del Nuevo Testamento. Aunque Dios conserva la autoridad de conceder cualquier don en cualquier tiempo, estos dones de señal no tenían la intención de ser normativos para todos los creyentes a lo largo de la historia.
El canon completo de la Escritura sirve ahora como el testimonio suficiente y perdurable de la verdad de Dios. Los dones de señal o las experiencias extáticas no son requisitos para la salvación ni evidencia definitiva de la presencia del Espíritu. Más bien, la evidencia más concluyente de Su obra es el fruto del Espíritu: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre [y] dominio propio”.48Gálatas 5:22 23, NBLA.
Éxodo 4:1–9; Deuteronomio 13:1–3; Salmo 19:7–11; Isaías 8:19–20; Jeremías 23:21–22; Juan 10:37–38; 20:30–31; Hechos 2:1–4, 6–8, 43; 5:12; 8:6–7, 14–17; 14:3; 19:11–12; Romanos 15:18–19; 1 Corintios 12:4–11; 13:8–10; 14:22, 33, 37–38; 2 Corintios 12:12; Gálatas 5:22–23; Efesios 2:20; 4:11–13; Hebreos 2:3–4; Santiago 1:25; 2 Pedro 1:19–21; 2 Timoteo 3:16–17; 1 Juan 4:1; Apocalipsis 22:18–19.
E. Guerra Espiritual
El pueblo de Dios existe dentro de un conflicto espiritual entre el Reino de Dios y las potestades de las tinieblas. Nuestra lucha no es contra adversarios humanos, sino “contra principados, contra potestades, contra los poderes de este mundo de tinieblas, contra las fuerzas espirituales de maldad en las regiones celestes”.49Efesios 6:12, NBLA. En esta guerra, los creyentes son llamados: “Resistan […] al diablo”,50Santiago 4:7, NBLA. “revístanse con toda la armadura de Dios”51Efesios 6:11, NBLA. y “permanezcan firmes en la fe”.521 Corintios 16:13, NBLA. Los creyentes vencen al mundo por la sangre de Cristo, la Palabra de Dios y el poder del Espíritu Santo. Aunque Satanás y sus huestes buscan causar daño donde pueden, Cristo ya ha asegurado Su victoria y ha preparado un lugar de fuego eterno para su castigo.
Génesis 3:1–6, 15; Job 1:6–12; Zacarías 3:1–2; Mateo 4:1–11; 12:28–29; Lucas 10:17–19; Juan 8:44; 12:31; 16:33; Hechos 26:17–18; Romanos 8:37–39; 13:12; 1 Corintios 10:13; 15:57; 16:13; 2 Corintios 2:11; 10:3–5; Efesios 2:1–2; 6:10–18; Filipenses 2:9–11; Colosenses 1:13–14; 2:15; 1 Tesalonicenses 5:8–9; 2 Tesalonicenses 3:3; 2 Timoteo 2:26; Hebreos 2:14–15; Santiago 4:7; 1 Pedro 5:8–9; 1 Juan 3:8; 4:4; 5:4–5; Apocalipsis 12:10–11; 20:10.
F. Mantener un Testimonio Semejante al de Cristo
Los cristianos son llamados a servir como agentes de reconciliación en la sociedad, proclamando la reconciliación entre Dios y la humanidad, y también entre las personas, por medio del evangelio de Jesucristo. Como embajadores de Cristo, nuestro trato con la cultura debe caracterizarse por convicción y gracia, en lugar de hostilidad o temor. Debemos “hablar la verdad en amor”,53Efesios 4:15, NBLA. a fin de ser ejemplos vivientes de la esperanza y la santidad que proclamamos en Cristo.
Jeremías 29:7; Miqueas 6:8; Mateo 5:13–16; 7:12; 22:37–39; Juan 13:34–35; 17:15–18, 20–21; Hechos 1:8; 17:22–28; Romanos 12:9–21; 13:8–10; 14:17–19; 2 Corintios 5:18–20; Efesios 4:1–3, 14–15, 29, 32; Filipenses 2:14–16; Colosenses 3:12–14, 17; 4:5–6; 1 Tesalonicenses 4:11–12; 1 Timoteo 2:1–4; Tito 2:7–8, 10; 3:1–2, 8; 1 Pedro 2:12, 15–17; 3:15–16; 1 Juan 4:17–18; Apocalipsis 12:11.
G. Cumplir la Gran Comisión
Hasta que Cristo regrese, la iglesia es llamada: “Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura”54Marcos 16:15, NBLA. y “hagan discípulos de todas las naciones”.55Mateo 28:19, NBLA. Este mandato es la misión colectiva de la iglesia y la responsabilidad individual de cada creyente. La idea de que la fe es un asunto privado que debe ocultarse es incompatible con el cristianismo bíblico.
Salmo 96:2–3; Isaías 45:22; 52:7; 60:1–3; Mateo 5:14–16; 9:37–38; 10:32–33; 24:14; 28:18–20; Marcos 13:10; 16:15–16; Lucas 10:2; 24:46–47; Juan 17:18; 20:21; Hechos 1:8; 4:19–20; 8:4; 13:47; 17:30–31; Romanos 1:14–16; 10:13–15; 15:18–21; 1 Corintios 9:16–19, 22–23; 2 Corintios 4:5; 5:18–20; Filipenses 2:15–16; Colosenses 1:28–29; 4:2–4; 1 Tesalonicenses 1:8; 1 Pedro 2:9; 3:15; Apocalipsis 5:9–10; 7:9–10.
H. Defender la Fe
Cristo y Sus apóstoles confrontaron con amor, pero con firmeza, el pecado, la falsa enseñanza, la filosofía mundana, la superstición, la confusión y la incredulidad con la verdad del evangelio, y llamaron al mundo al arrepentimiento. Cada creyente comparte la responsabilidad de defender la fe; por tanto, la iglesia debe equipar a sus miembros para compartir el evangelio, discipular a otros y ofrecer una defensa razonada de la esperanza que hay en nosotros “con mansedumbre y respeto”.561 Pedro 3:15, RVC. El objetivo de la apologética cristiana no es ganar debates, sino persuadir con mansedumbre, humildad y amor; remover obstáculos; exponer la inutilidad de la incredulidad; y dirigir todo corazón a la suficiencia de Cristo.
Proverbios 26:4–5; Isaías 1:18; Jeremías 1:7–8, 9; Mateo 4:1–11; 10:16–20; 22:15–22, 29–33; Marcos 1:14–15; Lucas 12:11–12; Juan 8:31–32; 14:6; Hechos 17:2–4, 16–23; 18:4, 28; 19:8–9; Romanos 1:16, 18–22, 25; 12:21; 16:17–18; 1 Corintios 1:18–25; 2 Corintios 5:11; 10:4–5; Efesios 4:14–15; 5:11; Filipenses 1:7, 16–17; Colosenses 2:8; 4:5–6; 1 Tesalonicenses 5:21; 2 Tesalonicenses 2:10–12; 1 Timoteo 4:1, 6–7; 2 Timoteo 2:24–25; 3:14–17; 4:2–5; Tito 1:9; Hebreos 5:14; Santiago 1:5; 1 Pedro 3:15–16; 1 Juan 4:1; Judas 3, 22–23; Apocalipsis 12:10–11.
A. Matrimonio
El matrimonio es un pacto sagrado y de por vida entre un hombre y una mujer, en el cual el esposo y la esposa “serán una sola carne”57Génesis 2:24, NBLA. delante de Dios. Dios instituyó el matrimonio en la creación, y Su diseño inmutable fue afirmado de manera constante por Jesucristo y Sus apóstoles. Esta unión existe para el beneficio mutuo de ambos cónyuges: provee compañía y cuidado, apoya la procreación y la crianza de los hijos, sirve como el único contexto legítimo para la actividad sexual y aporta estabilidad al hogar y a la sociedad. El matrimonio también simboliza el amor sacrificial de Cristo por la iglesia y la devoción de la iglesia hacia Él.
Génesis 1:27–28; 2:18–24; Deuteronomio 6:6–7; Salmos 127:3–5; 128:1–6; Proverbios 5:15–19; 14:1; 18:22; Eclesiastés 4:9–12; Malaquías 2:14–15; Mateo 5:27–32; 19:4–6, 8–9; Marcos 10:6–9; Lucas 16:18; Juan 2:1–11; Romanos 1:24–27; 1 Corintios 6:9–11, 18–20; 7:1–5, 10–16; 11:3, 11–12; Efesios 5:22–33; 6:1–4; Colosenses 3:18–21; 1 Tesalonicenses 4:3–5; Tito 2:4–5; Hebreos 13:4; 1 Pedro 3:1–7; Apocalipsis 19:7–9.
(1) Roles y Responsabilidades
Dentro del pacto matrimonial, al esposo se le confía la responsabilidad principal de amar, guiar y proveer para su esposa con humildad y gracia, “así como Cristo amó a la iglesia y se dio Él mismo por ella”.58Efesios 5:25, NBLA. De igual manera, la esposa es llamada a amar, apoyar y respetar a su esposo, “como la iglesia está sujeta a Cristo”59Efesios 5:24, NBLA.. Estos roles complementarios reflejan la sabiduría del diseño de Dios y la belleza de la fidelidad del pacto.
Génesis 2:15, 18, 24; Eclesiastés 4:9–12; Malaquías 2:14–15; Mateo 20:25–28; Juan 13:1–17, 34–35; 1 Corintios 7:3–5; 11:3, 8–12; Efesios 5:22–25, 28–29, 33; Colosenses 3:18–19; 1 Timoteo 5:8; Tito 2:4–5; 1 Pedro 3:1–7.
(2) Distorsiones del Diseño de Dios
La Escritura presenta de manera consistente la unión de un hombre y una mujer como el diseño inalterable de Dios y el modelo para el florecimiento humano. Aunque la Biblia registra casos de relaciones distorsionadas como la poligamia, jamás las aprueba; más bien, revela el dolor que resulta de apartarse del diseño de Dios. Cuando los seres humanos redefinen el matrimonio para incluir uniones distintas de la de un hombre y una mujer, se apartan del diseño de Dios, pero no alteran la verdad divina.
Génesis 1:27; 2:24; 4:19; 16:1–5; 29:30–31; 30:1–9; Deuteronomio 17:17; Levítico 18:22; 20:13; Malaquías 2:14–15; Mateo 19:4–6; Marcos 10:6–9; Romanos 1:24–27; 1 Corintios 6:9–11; 7:2; Efesios 5:31–33; Hebreos 13:4.
(3) Límites en Torno al Pacto
La Escritura instruye a los cristianos a no casarse con incrédulos, pero nos llama a honrar el pacto matrimonial una vez establecido. Puesto que el matrimonio es un pacto de por vida, la Escritura permite el divorcio y el nuevo matrimonio solo en casos de inmoralidad sexual o abandono por parte de un cónyuge incrédulo. Aunque el divorcio y la inmoralidad sexual son contrarios a la voluntad de Dios, la gracia de Dios ofrece perdón y restauración al arrepentido.
Génesis 2:24; Deuteronomio 24:1–2; Esdras 9:1–2; Malaquías 2:14–16; Mateo 5:31–32; 19:6, 8–9; Marcos 10:9–12; Lucas 16:18; Romanos 7:2–3; 1 Corintios 7:10–16, 39; 2 Corintios 6:14–16; Efesios 5:31–32; Hebreos 13:4; 1 Juan 1:7–9.
B. La Familia
Según el diseño de Dios, la familia sirve como la institución fundamental de la sociedad y representa el contexto principal para el discipulado. En el hogar, la fe se modela y se enseña a las generaciones siguientes en un ambiente de cuidado, protección, disciplina y amor.
Los padres tienen la responsabilidad principal de instruir a sus hijos en el temor y conocimiento del Señor, formando su carácter mediante su enseñanza y ejemplo. Aunque la iglesia apoya los esfuerzos de discipulado en el hogar, no puede reemplazar la inversión espiritual de los padres.
Los hijos son llamados a honrar y obedecer a sus padres, reconociendo la autoridad que Dios les ha dado para su propio bien y para la gloria de Dios.
Las familias fuertes, centradas en Cristo y fundamentadas en la Escritura, son cruciales para el avance del evangelio a través de las generaciones, y su estabilidad es esencial para el florecimiento tanto de la iglesia como de la sociedad.
Génesis 1:27–28; 2:18, 24; 18:19; Éxodo 20:12; Deuteronomio 4:9–10; 6:5–7; 11:18–21; Josué 24:15; Salmos 78:4–7; 127:3–5; 128:1–4; Proverbios 1:8–9; 3:11–12; 13:24; 22:6; 29:15; Malaquías 2:15; Mateo 19:4–6; Marcos 10:6–9; Lucas 2:51–52; Efesios 5:22–25, 28–33; 6:1–4; Colosenses 3:18–21; 1 Timoteo 3:4–5, 12; 2 Timoteo 1:5; 3:14–15; Tito 2:3–5; Hebreos 12:7–11; Santiago 1:17.
C. Género
Dios creó a los seres humanos como varón o mujer, estableciendo dos sexos biológicos que corresponden a dos géneros distintos. El sexo y el género son realidades inmutables, integrales a la bondad de la creación de Dios, fundamentadas en la sabiduría divina y no sujetas a preferencia personal ni a revisión cultural.
Génesis 1:26–27, 31; 2:18–24; Salmos 8:4–6; 139:13–14; Eclesiastés 3:11; Mateo 19:4; Marcos 10:6; Hechos 17:26–28; Romanos 1:18–27; 1 Corintios 11:11–12; 15:38–39; Gálatas 3:26–28; Efesios 5:31–32; Colosenses 1:16–17; 1 Tesalonicenses 5:23; Santiago 3:9.
(1) Identidad
Cada persona es llamada a abrazar y expresar con gratitud y fidelidad el sexo y el género que Dios le ha dado. Los esfuerzos por redefinir o negar la distinción bíblica entre varón y mujer —sea por ideología, presión social o autopercepción— distorsionan el diseño de Dios. Las enseñanzas que fomentan la confusión de género o el rechazo del sexo biológico son inconsistentes con la verdad bíblica. Sin embargo, el evangelio extiende perdón, sanidad y renovación a todos los que se arrepienten y buscan su verdadera identidad en Cristo.
Génesis 1:26–27; 2:18–24; Salmos 100:3; 139:13–14; Eclesiastés 7:29; Isaías 5:20; 43:6–7; Mateo 16:24; 19:4; Juan 1:12–13; Romanos 6:6–7; 8:5–11; 12:1–2; 1 Corintios 6:9–11, 19–20; 15:49; 2 Corintios 5:17; Gálatas 2:20; 3:26–28; Efesios 2:10; 4:20–24; Colosenses 1:16–17; 3:9–10; 1 Tesalonicenses 5:23; Hebreos 12:1–2; 1 Juan 1:7–9; 2:3–6.
(2) Roles
Los hombres y las mujeres poseen igual valor delante de Dios, pero cumplen roles distintos y complementarios dentro de la iglesia y la familia. Las diferencias entre los sexos no son indicadores de desigualdad, sino que reflejan el orden y el propósito divinos. Dios creó las diferencias entre hombres y mujeres, no como obstáculos que superar, sino como dones que contribuyen al florecimiento humano. Hombres y mujeres son llamados a vivir en armonía, respetando las contribuciones complementarias del otro al hogar, la iglesia y la sociedad.
Génesis 1:26–28; 2:18–24; Salmo 8:4–6; Eclesiastés 4:9–12; Mateo 19:4–6; Romanos 12:4–5; 1 Corintios 11:3, 11–12; 12:12–13; Gálatas 3:26–28; Efesios 5:21–33; Colosenses 3:18–19; 1 Tesalonicenses 5:12–13; 1 Pedro 3:1–7.
D. Sexualidad
La voluntad de Dios para la humanidad es pureza fuera del matrimonio y fidelidad dentro de él. La intimidad sexual es un don de Dios, destinado exclusivamente al pacto matrimonial. Dentro de esta unión, la unidad física significa amor mutuo, fidelidad y unidad de pacto. Toda actividad sexual fuera de estos límites —incluyendo adulterio, fornicación, homosexualidad, pornografía y poliamor— constituye una distorsión pecaminosa del diseño de Dios.
La actividad sexual fuera del matrimonio contradice la voluntad de Dios, corrompe Su don, daña a las personas y socava el florecimiento humano. Persistir en el pecado sexual, promoverlo o identificarse con él es incompatible con un reclamo creíble de fidelidad, amor u obediencia hacia Jesucristo. No obstante, el perdón y la vida nueva están disponibles para todos los que se arrepienten y creen en Jesucristo, quien solo restaura a las personas del quebrantamiento sexual y renueva las afecciones del corazón.
Génesis 2:24–25; Éxodo 20:14; Levítico 18:6–23; 20:10–16; Proverbios 5:18–23; 6:23–35; 7:6–27; Eclesiastés 9:9; Cantares 4:9–12; 7:10–12; Mateo 5:27–30; 15:18–20; 19:4–6; Juan 8:10–11; Romanos 1:24–27; 6:12–14; 13:13–14; 1 Corintios 5:1–5; 6:9–11, 13, 18–20; 7:2–5, 9; Gálatas 5:19–21; Efesios 5:3–5; Filipenses 4:8; Colosenses 3:5; 1 Tesalonicenses 4:3–8; 1 Timoteo 1:9–11; Hebreos 13:4; Santiago 1:14–15; 1 Pedro 2:11–12; 2 Pedro 2:6–10; 1 Juan 1:7–9; Apocalipsis 2:20–23; 21:8.
E. La Santidad de la Vida
La vida humana es un don de Dios, digno de protección desde la concepción hasta la muerte natural. Dios prohíbe derramar sangre inocente y llama a Su pueblo a defender a los vulnerables. Por tanto, prácticas como el aborto, la eutanasia, el suicidio asistido, el infanticidio, la investigación con células madre embrionarias, la eugenesia y ciertas formas de fertilización in vitro que mercantilizan o destruyen embriones son pecados graves que requieren arrepentimiento.
Toda persona, incluyendo a los no nacidos, tiene derecho a igual justicia y protección bajo la ley, y es responsabilidad de las autoridades civiles sostener la santidad de la vida vengando sin parcialidad el derramamiento de sangre inocente.
Los cristianos son llamados a actuar con compasión y justicia en una sociedad que a menudo devalúa la vida, demostrando que cada vida es un don de Dios y cada aliento es una oportunidad para reflejar Su gloria. La iglesia es responsable de proclamar tanto la norma de Dios como Su misericordia, ofreciendo perdón y restauración por medio del evangelio.
Génesis 1:26–27; 2:7; 4:8–10; 9:5–6; Éxodo 20:13; 21:22–25; Deuteronomio 10:18–19; 19:10; 30:19–20; Job 10:8–12; 31:15; Salmos 22:9–10; 82:3–4; 127:3; 139:13–16; Proverbios 6:16–17; 12:10; 24:11–12; Eclesiastés 11:5; Isaías 49:1, 5; Jeremías 1:4–5; Mateo 5:21–22; 19:18–19; Lucas 1:41–44; Juan 10:10; Romanos 12:9–10; 13:1–4; 1 Corintios 3:16–17; Efesios 2:10; Filipenses 2:3–4; Santiago 1:27; 2:8–9; 1 Juan 3:15–17; Apocalipsis 21:8.
F. Gobierno Civil y Sociedad
Dios estableció el gobierno civil para promover la justicia, incentivar la rectitud, contener el mal y mantener el orden. El estado, en última instancia, rinde cuentas a Dios por la autoridad que ejerce. Por lo tanto, la jurisdicción del estado es limitada: no debe usurpar la autoridad de Dios, invadir las responsabilidades asignadas a la iglesia o a la familia, ni violar la conciencia individual.
Los cristianos tienen la responsabilidad de orar por las autoridades civiles, honrar sus cargos y someterse a ellas en todo asunto que concuerde con la obediencia a la Palabra de Dios. Cuando la ley temporal entra en conflicto con la voluntad de Dios, los cristianos están obligados a “obedecer a Dios en vez de obedecer a los hombres”.60Hechos 5:29, NBLA.
Génesis 9:5–6; Éxodo 18:21–23; Deuteronomio 16:18–20; 17:18–20; 2 Samuel 23:3; 1 Reyes 3:9; Salmos 2:10–12; 72:1–4; Proverbios 8:15–16; 14:34; 16:12; 20:28; 29:2, 4; Eclesiastés 8:2–5; Isaías 1:16–17; Jeremías 22:3; Daniel 2:20–21; 3:16–18; 6:10, 21–22; Miqueas 6:8; Mateo 22:17–21; Lucas 20:25; Juan 19:10–11; Hechos 4:19–20; 5:29; Romanos 13:1–7; 1 Corintios 7:21–22; Filipenses 3:20; 1 Timoteo 2:1–4; Tito 3:1–2; Hebreos 11:23; 1 Pedro 2:13–17; Apocalipsis 13:1–7; 19:11–16.
G. Justicia Bíblica
La justicia verdadera procede del carácter justo de Dios. En consecuencia, Dios llama a Su pueblo a “practicar la justicia, amar la misericordia, y andar humildemente”61Miqueas 6:8, NBLA. con Él. La justicia bíblica sostiene la verdad, la imparcialidad y la responsabilidad personal, motivada por amor a Dios y al prójimo más que por resentimiento o envidia. La justicia bíblica es inseparable del evangelio y no puede lograrse mediante revolución política ni redistribución económica. La cruz es el medio por el cual Dios trae libertad verdadera, corrige la injusticia y restaura todas las cosas en Cristo.
Deuteronomio 10:17–18; 16:18–20; 24:17–18; 2 Samuel 8:15; 1 Reyes 10:9; 2 Crónicas 19:6–7; Job 34:10–12, 17–19; Salmos 9:7–8; 11:7; 33:5; 72:1–4; 85:10–11; 89:14; 94:15; 103:6; Proverbios 14:31; 17:15; 20:10, 23; 21:3; 28:5; 29:7; Isaías 1:16–17; 5:20–23; 9:6–7; 30:18; 42:1–4; 56:1; Jeremías 9:23–24; 22:3; Ezequiel 18:5–9; Miqueas 6:8; Zacarías 7:9–10; Mateo 5:6; 12:18–21; 23:23; Lucas 4:18–19; 10:33–37; Juan 3:16–17; Romanos 2:6–11; 3:21–26; 12:9, 17–21; 13:8–10; 2 Corintios 5:18–21; Gálatas 3:28; Efesios 2:14–16; 4:24; Filipenses 4:8–9; Colosenses 3:12–14; 1 Timoteo 1:5; Santiago 1:27; 2:1–13; 3:17–18; 1 Juan 1:7–9; Apocalipsis 19:11.
H. Ideologías Anticristianas
Toda ideología o filosofía que redefine la identidad humana, la moralidad o la verdad con base en poder, opresión o materialismo se opone al evangelio. Ejemplos incluyen la teoría crítica, la interseccionalidad, el feminismo radical, la teoría queer y otros marcos criptomarxistas contemporáneos que priorizan categorías sociales por encima de la antropología bíblica. Estos sistemas tienden a dividir a la humanidad en grupos en competencia, en lugar de unir a todas las personas bajo la gracia transformadora de Cristo.
Cada individuo, sin importar etnicidad, sexo o condición, porta la imagen de Dios y comparte la necesidad común de la humanidad de redención por medio del evangelio. La justicia y la reconciliación auténticas no se logran mediante culpa colectiva o agravio continuo, sino mediante arrepentimiento, perdón y vida nueva en Cristo.
Por lo tanto, la iglesia debe rechazar inequívocamente todo movimiento, sea secular o religioso, que socave la Escritura, redefina el pecado como opresión o reemplace la gracia con activismo político. Sobre todo, el evangelio y sus fundamentos nunca deben ser comprometidos en busca de la aprobación de la sociedad.
Génesis 1:26–27; 3:1–5; 11:1–9; Deuteronomio 6:4–5; 10:17–19; 29:29; Salmos 2:1–3; 19:7–9; 33:5; 36:1–4; Proverbios 1:29–31; 3:5–7; 14:12; 16:25; 18:1–2; Isaías 5:20–21; 29:13–16; 30:1–2; Jeremías 9:23–24; 17:5–9; 18:12; Miqueas 6:8; Habacuc 2:4; Mateo 15:8–9; 22:36–40; 24:4–5; Juan 8:31–32; 14:6; 17:14–17; Hechos 17:26–27; Romanos 1:18–25; 2:1–11; 3:22–23; 8:5–8; 12:2; 14:12; 1 Corintios 1:18–25; 2:6–16; 3:18–20; 2 Corintios 5:17–19; 10:3–5; Gálatas 1:6–9; 3:26–28; Efesios 2:14–16; 4:14–15; Filipenses 3:18–21; Colosenses 2:8–10, 18–23; 1 Timoteo 6:3–5; 2 Timoteo 3:1–5, 12–17; Tito 1:9, 14; Santiago 3:13–18; 4:1–4; 1 Juan 2:15–17; 4:1–6; Judas 3–4; Apocalipsis 5:9–10; 18:2–4.
A. Verdad Objetiva y Claridad Moral
La verdad corresponde a la realidad; es objetiva, absoluta y está fundamentada en la naturaleza de Dios. En la sociedad contemporánea, la verdad a menudo se considera relativa y la moralidad subjetiva; sin embargo, la Escritura define lo que es bueno, correcto y verdadero para todas las personas en todas las épocas. La verdad moral no es construida por la sociedad o la cultura, sino revelada por el Creador. Nuestro compromiso con Cristo incluye un compromiso con Su verdad, y los cristianos son responsables de “hablar la verdad en amor”,62Efesios 4:15, NBLA. aun cuando hacerlo sea culturalmente impopular. La verdad no es opresiva, sino liberadora, ofreciendo libertad a quienes creen y obedecen la Palabra de Dios.
Deuteronomio 4:39; 32:4; Salmos 19:7–9; 25:5; 31:5; 33:4; 86:11; 119:89, 142, 151, 160; Proverbios 8:7–8; 12:17, 19; 16:6; 23:23; Isaías 5:20; 40:8; 45:19; Jeremías 10:10; Daniel 10:21; Miqueas 6:8; Malaquías 3:6; Mateo 5:18–19; 7:24–27; 24:35; Juan 1:14, 17; 3:19–21; 8:31–32, 36; 14:6; 17:17; Hechos 17:30–31; Romanos 1:18–25; 2:2, 8, 14–16; 3:4; 12:2; 1 Corintios 13:6; 2 Corintios 4:2; 10:5; Gálatas 4:16; Efesios 4:15, 21, 25; Filipenses 4:8; Colosenses 2:8; 1 Tesalonicenses 2:13; 2 Tesalonicenses 2:10–12; 2 Timoteo 2:15, 25; 3:16–17; 4:3–4; Tito 1:2; Hebreos 4:12; 6:18; Santiago 1:17–18; 3:17; 1 Juan 1:5–6; 3:18–19; 4:6; 3 Juan 3–4; Apocalipsis 19:11.
B. Fe, Razón y el Mundo Natural
El orden creado revela la sabiduría, el poder y la belleza de Dios, quien trajo todas las cosas a la existencia por Su Palabra. La razón es más segura cuando está fundamentada en la revelación, integrando el conocimiento con la sabiduría y el descubrimiento con la devoción. El estudio de la naturaleza, cuando se realiza correctamente, fomenta tanto el asombro como la adoración, pues tanto la investigación científica como la fe cristiana proceden de la misma Fuente de verdad.
La investigación científica honra a Dios cuando se caracteriza por reverencia, humildad y sentido de responsabilidad moral. A falta de estas virtudes, la razón puede volverse soberbia e insensible a la evidencia del diseño divino. El naturalismo, que rechaza lo sobrenatural, no logra dar cuenta del origen, el orden ni el significado del universo. En última instancia, toda la verdad revelada en la creación dirige la atención de vuelta al Creador, quien tanto hizo como sustenta todas las cosas.
Génesis 1:1, 31; Éxodo 31:3–5; Deuteronomio 29:29; Job 12:7–10; 26:7–14; Salmos 8:3–4; 19:1–4; 33:6, 9; 92:5; 104:24; Proverbios 1:7; 2:6; 3:19–20; 9:10; 25:2; Eclesiastés 3:11; Isaías 40:12, 26; 45:18; Jeremías 10:12; Daniel 2:21–22; Juan 1:1–3, 14; Hechos 14:15–17; 17:24–28; Romanos 1:19–20; 11:33–36; 1 Corintios 1:18–25; 2:14; 8:6; Colosenses 1:16–17; 2:3, 8; 1 Timoteo 6:20–21; Hebreos 1:2–3; 11:3; Santiago 1:5; 3:13, 17; Apocalipsis 4:11.
C. La Bondad de Dios y el Problema del Mal
Dios es perfectamente bueno, justo y sabio; la existencia del mal y del sufrimiento no socava Su carácter ni Su poder. El mal se originó en la rebelión de ángeles y en la desobediencia de la humanidad; sin embargo, Dios lo permite con propósitos que Él conoce y que finalmente manifiestan Su gloria y justicia. La soberanía y la providencia de Dios abarcan incluso las dolorosas realidades de un mundo caído. Dios saca bien del mal, luz de las tinieblas y redención de la tragedia.
La cruz de Cristo es la demostración definitiva de la conquista de Dios sobre el mal por medio del amor, la justicia y la misericordia. Para los creyentes, el sufrimiento funciona como un medio de refinamiento espiritual y de dependencia más profunda en Dios. Aunque la restauración completa de todas las cosas todavía no es visible, permanece la confianza en que Dios finalmente erradicará todo mal y enjugará toda lágrima de Su creación redimida, mientras Su gracia sustentadora nos sostiene en el entretanto.
Génesis 3:1–6, 14–19; 50:20; Deuteronomio 32:4; Job 1:21–22; 2:10; 37:23; Salmos 10:14; 34:17–19; 66:10–12; 73:16–17; 94:12–15; 119:68, 71; Eclesiastés 7:13–14; Isaías 45:7; 53:4–6, 10–11; Habacuc 1:13; Mateo 5:10–12; 26:39; Lucas 13:1–5; 22:31–32; Juan 9:2–3; 11:4; 16:33; Hechos 2:23; 4:27–28; Romanos 5:3–5; 8:18, 28; 9:14–15, 22–23; 11:33–36; 1 Corintios 10:13; 15:24–26; 2 Corintios 1:3–4; 4:16–18; 12:9–10; Filipenses 1:29; 3:10; 1 Tesalonicenses 3:3; 2 Tesalonicenses 1:6–7; Hebreos 2:9–10; 4:15–16; 12:5–11; Santiago 1:2–4, 13–17; 1 Pedro 1:6–7; 4:12–13, 19; 5:10; 1 Juan 3:8; Apocalipsis 20:10; 21:3–4; 22:3.
D. Las Afirmaciones de Cristo
Jesús de Nazaret se presentó no meramente como profeta, maestro moral o hacedor de milagros, sino como el Hijo eterno de Dios y Señor de todo. Sus palabras y acciones reflejan de manera consistente conciencia de Su identidad divina y de Su misión.
Según los evangelios, habló y actuó repetidamente con autoridad divina, incluyendo perdonar pecados, redefinir el día de reposo y declararse el Juez final de la humanidad. Reclamó para Sí el nombre sagrado “Yo soy”,63Juan 8:58, NBLA. se identificó como uno con el Padre y aceptó adoración reservada solo para Dios. Jesús se refirió a Dios de manera única como “Mi Padre”,64Mateo 7:21; 10:32 33; 11:27; 12:50; 16:17; 18:10, 19; 20:23; 25:34; 26:53; Lucas 10:22; 15:18; 22:29; 24:49; Juan 5:17; 6:32, 40; 8:19, 38, 49, 54; 10:18, 29, 37; 14:7, 20 21, 23; 15:1, 8, 15, 23 24; 20:17, NBLA. indicando una relación de igualdad y no de subordinación. Afirmó que conocerlo a Él era conocer al Padre, verlo a Él era ver al Padre y honrarlo a Él era honrar al Padre.
Reclamó autoridad para conceder vida eterna y resucitar a los muertos en el día final. Al ser interrogado bajo juramento ante el sumo sacerdote, afirmó Su identidad como “el Cristo, el Hijo del Bendito”.65Marcos 14:61, NBLA. Predijo que Sus acusadores lo verían “sentado a la diestra del poder de Dios”66Lucas 22:69, NBLA. y “viniendo sobre las nubes del cielo”,67Mateo 26:64, NBLA. lo cual señala una pretensión de realeza divina.
Las afirmaciones de Jesús exigen una respuesta, porque no nos permiten ocupar un punto medio considerándolo solo como un gran maestro o ejemplo moral. Jesús o habló la verdad como Dios encarnado, o cometió blasfemia al atribuirse prerrogativas divinas.
El testimonio de Su vida sin pecado, Sus obras milagrosas, las profecías cumplidas y Su resurrección corporal confirman Sus afirmaciones. En consecuencia, los creyentes confiesan con Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente”,68Mateo 16:16, NBLA. y proclaman con Tomás: “¡Señor mío y Dios mío!”69Juan 20:28, NBLA.
Génesis 1:1–3; Éxodo 3:14; Deuteronomio 6:4; Salmos 2:6–12; 45:6–7; 110:1; Isaías 9:6–7; 40:3; 42:8; Daniel 7:13–14; Miqueas 5:2; Mateo 1:21–23; 7:21, 28–29; 9:2–8; 10:32–33; 11:27; 12:8, 50; 14:33; 16:15–17; 18:10, 19; 20:23; 21:15–16; 25:34; 26:39, 42, 53, 63–64; 28:18–20; Marcos 2:5–12; 14:61–62; Lucas 4:18–21; 5:20–26; 7:48–50; 10:22; 15:18; 22:29, 69; 24:49; Juan 1:1–3, 14, 18; 5:17–29; 6:32, 40; 8:19, 24, 38, 49, 54, 58; 9:35–38; 10:18, 29–38; 11:25–26; 13:13; 14:6–11, 20–21, 23; 15; 1, 8, 15; 23–24; 17:5; 18:5–6; 20:17, 27–29; Hechos 2:36; 4:10–12; 7:55–56; Romanos 9:5; 10:9–13; 1 Corintios 8:6; Filipenses 2:5–11; Colosenses 1:15–20; 2:9; Tito 2:13; Hebreos 1:2–3, 6, 8–12; 13:8; 1 Juan 1:1–2; 4:14–15; 5:20; Apocalipsis 1:7, 17–18; 5:12–14; 19:11–16; 22:12–13.
El Reino de Dios constituye el gobierno soberano de nuestro Rey eterno sobre toda la creación, manifestando Su autoridad divina, justicia y gracia. Los profetas anunciaron el Reino, Cristo lo inauguró, y será consumado en Su regreso. En la era presente, el Reino existe como realidad espiritual y como poder transformador. No se define por fronteras terrenales ni por sistemas políticos, sino que se hace evidente dondequiera que Cristo reina en los corazones de los creyentes.
La iglesia sirve como expresión visible e instrumento del Reino, proclamando su evangelio a todas las naciones y demostrando su poder. El Reino ya está presente, pero todavía no está completo. A la venida de Cristo alcanzará su plena realización: todo enemigo será sometido, la muerte será destruida y la gloria de Dios llenará la nueva creación. Los redimidos reinarán con Cristo eternamente en perfecta justicia, paz y gozo, y toda rodilla se doblará ante el Rey de reyes, cuyo Reino no tendrá fin.
Génesis 1:1, 26–28; 12:1–3; Éxodo 15:18; 19:5–6; Deuteronomio 17:14–20; 1 Samuel 2:10; 8:7; 2 Samuel 7:12–16; 1 Crónicas 29:11–12; Salmos 2:6–9; 22:28; 47:2, 7–8; 72:8–11; 93:1–2; 103:19; 110:1–3; 145:10–13; Isaías 2:2–4; 9:6–7; 11:1–10; 24:23; 40:9–10; 52:7; Daniel 2:44; 4:3, 17; 7:13–14, 27; Miqueas 4:1–8; Zacarías 9:9–10; 14:9; Mateo 3:2; 4:17, 23; 5:3, 10; 6:9–10, 33; 10:7; 12:28; 13:31–33, 44–46; 16:18–19; 19:28; 24:14; 25:31–34; 28:18–20; Marcos 1:14–15; 4:26–32; 9:1; Lucas 4:43; 8:1; 11:20; 17:20–21; 19:11–27; 22:29–30; Juan 3:3, 5; 6:15; 18:36; Hechos 1:3, 6–8; 8:12; 14:22; 20:25; 28:30–31; Romanos 14:17; 1 Corintios 4:20; 6:9–10; 15:24–26; Gálatas 5:21; Efesios 1:20–23; 2:19–22; Colosenses 1:13; 4:11; 1 Tesalonicenses 2:12; 2 Tesalonicenses 1:5; 2 Timoteo 4:1, 18; Hebreos 1:8; 2:5–9; 12:28; Santiago 2:5; 2 Pedro 1:11; Apocalipsis 1:5–6; 5:9–10; 11:15; 19:11–16; 20:4–6; 21:1–4, 22–27; 22:1–5.
A. La Muerte y el Estado Intermedio
Como resultado del pecado, todos los seres humanos están destinados a morir. En la muerte, el alma y el cuerpo se separan, y el alma entra en uno de dos estados intermedios. Las almas de los que han sido declarados justos en Cristo son recibidas inmediatamente en Su presencia, experimentando comunión consciente con el Señor y aguardando la resurrección corporal. Las almas de los que rechazan persistentemente la misericordia de Dios ofrecida por medio de Cristo quedan en un estado de sufrimiento y separación consciente de Dios hasta el juicio final. No existe purgatorio ni una segunda oportunidad de salvación después de la muerte.
Génesis 2:17; 3:19; Números 16:22; Job 14:1–14; Salmos 49:14–15; 73:24; 90:10; Eclesiastés 3:19–21; 12:7; Isaías 25:8; 26:19; Daniel 12:2; Mateo 10:28; 22:31–32; 25:46; Lucas 16:22–26; 20:37–38; 23:42–43; Juan 5:28–29; 8:24; 11:25–26; 12:26; Hechos 7:59; 24:15; Romanos 5:12; 6:23; 8:10–11; 14:8–9; 1 Corintios 15:22–23, 42–44; 2 Corintios 5:1–8; Filipenses 1:21–23; 3:20–21; Colosenses 1:20–22; 1 Tesalonicenses 4:13–17; 5:10; 2 Timoteo 4:6–8; Hebreos 9:27; 10:27; 12:23; Santiago 2:26; 1 Pedro 1:3–5; 3:18–20; 4:6; 2 Pedro 2:9; Judas 6–7; Apocalipsis 6:9–11; 14:13; 20:12–15; 21:1–4; 22:3–5.
B. El Regreso de Cristo y el Juicio Final
Jesucristo, el Señor resucitado, regresará personal, visible, poderosa y gloriosamente para recibir a los redimidos para Sí mismo. El tiempo de Su regreso es conocido solo por el Padre y puede ocurrir en cualquier momento. En Su venida, todos los muertos resucitarán corporalmente: los justos, los que pertenecen a Jesús, resucitarán para vida eterna, mientras que los impíos, los que han rechazado Su misericordia, resucitarán para condenación. Cristo juzgará con justicia perfecta, revelando todo secreto, corrigiendo todo agravio, concediendo recompensas a los que han recibido Su perdón y consignando al castigo a los que lo han rechazado.
Job 19:25–27; Salmos 50:3–6; 96:13; 98:9; Eclesiastés 12:14; Daniel 7:9–14; 12:2–3; Zacarías 14:4–5; Mateo 16:27; 24:27, 30–31, 36, 42–44; 25:31–46; Marcos 8:38; 13:26–33; Lucas 12:40; 17:24–30; 21:27–28; Juan 5:22–29; 6:39–40, 44, 54; 12:48; 14:2–3; Hechos 1:9–11; 10:42; 17:30–31; Romanos 2:5–16; 8:10–11; 14:10–12; 1 Corintios 4:5; 15:20–28, 51–54; 2 Corintios 5:10; Filipenses 3:20–21; 1 Tesalonicenses 4:13–18; 5:2–6; 2 Tesalonicenses 1:7–10; 2:1–2; 2 Timoteo 4:1, 8; Tito 2:11–14; Hebreos 9:27–28; Santiago 5:7–9; 1 Pedro 4:5; 2 Pedro 3:7–13; 1 Juan 2:28; 3:2–3; Judas 14–15; Apocalipsis 1:7; 11:15–18; 20:11–15; 22:12–13, 20.
C. El Estado Eterno
La Escritura describe el cielo y el infierno como destinos reales y eternos. El cielo es el hogar eterno de quienes creen el evangelio y reciben el perdón de Dios; habitaremos para siempre en la presencia de Dios, en cuerpos glorificados, experimentando bendición plena. El infierno es el lugar de castigo eterno y sufrimiento preparado para Satanás, sus ángeles y todos los que persisten en incredulidad, rechazando la oferta de perdón de Dios por medio de Cristo. La respuesta de cada individuo al evangelio durante esta vida es el único factor determinante de su estado eterno.
Deuteronomio 30:19–20; Salmos 16:11; 49:14–15; 73:24–26; Isaías 25:6–9; 26:19; 33:17; 35:10; 66:22–24; Daniel 12:2–3; Mateo 5:12; 7:13–14; 10:28; 13:41–43, 49–50; 18:8–9; 22:13; 25:31–46; Marcos 9:43–48; Lucas 12:4–5; 16:22–26; Juan 3:16–18, 36; 5:28–29; 6:40; 10:28; 14:2–3; 17:24; Romanos 2:6–8; 6:23; 8:18–23; 2 Corintios 4:17–18; 5:1, 8; Filipenses 1:21–23; 3:20–21; 2 Tesalonicenses 1:7–9; 2 Timoteo 4:18; Hebreos 9:27; 12:22–24; 2 Pedro 3:7, 13; Judas 6–7, 13; Apocalipsis 14:10–11; 19:20; 20:10, 14–15; 21:1–4, 22–27; 22:3–5, 14–15.